Antonio Gómez Rufo

Eroticalia

El arte del beso

 

Si me preguntan qué es lo que más me gusta del sexo, no tengo que pensarlo mucho. Los besos, para mí, son la sublimación de la atracción, la puerta del éxtasis, la primavera de todo lo que venga después, por muy tórrido que sea. Besar es compartir el deseo y abrir las ventanas al placer. Besar es un fin en sí mismo.

 

Tengo oído que el beso, tal y como hoy lo practicamos, es un invento de Hollywood. Podría ser. Históricamente las parejas se han besado mucho, labio contra labio, incluso a modo de saludo entre hombres en muchos países; pero el empleo de El -besola lengua, el juego húmedo del intercambio de fluidos o el deleite en la succión no está claro que fuera un hábito.

 

Hay un par de argumentos que lo explicarían: el primero tendría que ver con la higiene, porque hasta épocas bien recientes no era corriente la limpieza de boca, ni siquiera el cepillado diario de dientes, y con los regímenes alimenticios basados en comidas abundantes en cebollas, ajos y cualquier otra dieta disponible, el aliento de las personas no debía de ser un vergel, precisamente. El otro argumento, más científico, por decirlo de alguna manera, es que no existe referencia explícita a este tipo de besos profundos en las obras de nuestros más significativos autores de literatura erótica, desde Apollinaire o Sade a Bataille, Miller, Salernitano, Alfred de Musset, el Arcipreste y muchísimos más.    

 

Háganme caso: los besos son maravillosos. Y cuando se acompasa el ritmo y se goza de movimientos espasmódicos uniformes, besar puede ser un juego interminable hasta que se anestesie la boca y aun más. Mientras ello sucede, el estómago se llena de excitación y el sur del cuerpo se predispone a reventar de ansias. Besos, más besos…

 

Acepto a quienes subliman los ojos ajenos, los senos, las nalgas y cualquier otra parte del cuerpo como prioritarios en el revoltijo de la química sexual, pero yo me quedo con los labios, tanto si invitan con una sonrisa de complicidad como si incitan como arma de seducción. Nunca dejaría de besarte, diría a infinidad de mujeres que se cruzan por las calles de mi vida. Por desgracia, la renuncia al deseo es abrumadora, quizá porque no saben lo que se pierden o porque todavía no existen Escuelas de Beso, tan necesarias como muchas otras universitarias y de FP.

 

Antonio Gómez Rufo

 

 

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