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sodoma y gomorra

Ficha realizada por: Lidia Casado
sodoma y gomorra

Título: sodoma y gomorra
Título Original: (à la recherche du temps perdu 4. sodome et gomorrhe, 1922)
Autor: Marcel Proust
Editorial: Alianza


Copyright: © Traducción de Fundación Consuelo Berges, 2011
© Alianza Editorial, S.A., 2011
3ª Edición, 2011 ISBN: No definido
Etiquetas: autores ciclo clásicos escritores franceses literatura francesa sagas series sexualidad trilogías

Argumento:


El joven protagonista de “En busca del tiempo perdido” comienza, en esta cuarta entrega, a abrir los ojos ante la sociedad en la que vive, descubriendo relaciones inesperadas por él entre varios de sus amigos y conocidos. La sospecha de que su querida Albertina pueda mantener contactos de tipo sentimental o sexual con otras mujeres despierta unos celos patológicos en él, que le llevarán a tomar la drástica decisión que cierra la obra.

Opinión:


Con el paso de las entregas de esta colosal “En busca del tiempo perdido”, el protagonista va adquiriendo madurez psicosocial y una personalidad que se va definiendo cada vez más claramente. Muerta su abuela (en la tercera entrega) y con su madre totalmente volcada en su propio dolor, el joven parece ir desligándose de los lazos familiares para dejarse llevar por la ajetreada vida social de quienes tienen el ocio por oficio. 

Así, son las reuniones sociales las que, más aún que en otras ocasiones, protagonizan el relato. Unas reuniones para las que el protagonista es querido y requerido con ahínco, posición de la que él disfruta con gran satisfacción (a pesar de que, de vez en cuando, aún le asaltan las dudas sobre su lugar en la escala social y sobre si es o no bienvenido en determinadas citas). 

El ambiente festivo, de reuniones sociales frecuentes, hace que este libro sea menos reflexivo que los anteriores. En este caso, los pensamientos y digresiones del protagonista, aun estando presentes, tienen un peso mucho menor, frente, por ejemplo, a los diálogos y pequeños conflictos que surgen en los círculos sociales en los que se mueve. 

Dos serán los círculos sociales que servirán de telón de fondo a la trama en esta ocasión: en la primera parte del libro, el de los Guermantes, dando continuidad a la atmósfera y a los protagonistas de la tercera entrega. En la segunda parte, cuando el protagonista deje París para pasar sus ya conocidas vacaciones en Balbec, será el círculo de los recuperados Verdurin (que ya fueran importantes en la primera entrega, en la que se narraban los amores de Swann) el que ofrezca a Proust la materia prima perfecta para retratar a la alta sociedad francesa de principios del siglo XX. 

Proust  muestra ante nuestros ojos, el comportamiento de determinados personajes en un privilegiado ambiente social. Sin embargo, este comportamiento no siempre será (o no nos parecerá) adecuado a su posición. En muchas (por no decir en todas) ocasiones, estos personajes dejarán a la vista sus bajezas, su egoísmo, su vanidad, su malhumor, su falsedad, su despotismo, su arrogancia. Pero el protagonista no juzga tales comportamientos, no nos cuenta qué piensa él sobre determinadas reacciones que suceden ante sus ojos. A lo sumo, intervendrá directamente en la acción, como en el caso de las reiteradas burlas y del acoso al que matrimonio Verdurin someten a uno de sus habituales, Brichot, al que invitan a sus reuniones sólo para despreciarle y ridiculizarle, aunque, de cara a la galería, aseguran que lo hacen por caridad, para que pueda tener algo que comer ese día. 

Precisamente será Brichot el que, en esta entrega, sirva de excusa a Proust para continuar con una de las indagaciones constantes de la heptalogía: la reflexión sobre el uso del lenguaje. En este caso, serán las etimologías las que aparezcan una y otra vez a lo largo del relato. El afán de conocimiento del protagonista llevará a estrechar sus lazos con Brichot, gran conocedor de la etimología francesa, lo que le permitirá descubrir el origen de los nombres de muchos de los lugares y familias de Francia. 

Pero, como le ocurriera ya con los Guermantes, una vez conocidos, pierden su misterio. Una vez que el protagonista sacia un ferviente deseo por conocer a una determinada persona o el significado de un lugar, éstos pierden todo interés para él. 

El elemento que sirve la materia prima para tanta investigación etimológica es el tren, gran protagonista de esta entrega y eje vertebrador de lo relatado (y de la vida social retratada) en más de la mitad del libro. De hecho, hay una parte en la que un viaje en tren (el protagonista, como el resto de invitados, ha de tomar uno para llegar hasta la residencia de vacaciones que han alquilado los Verdurin, cerca de Balbec) sirve para hilar diferentes recuerdos del joven, asociados a cada una de las estaciones. 

El recuerdo, la indagación en los mecanismos de la memoria, en ese tiempo perdido que busca con ahínco Proust, continúa, como es lógico, en esta cuarta entrega. La memoria, su relación con los sueños, sus intermitencias, sus fluctuaciones, sus saltos en el tiempo están presentes en esta obra, dando coherencia al conjunto de la saga. 

Esos saltos en el tiempo que da la memoria permitirán a Proust incluirnos en el relato. En varias ocasiones, el autor alude directamente al lector, dándole voz (“imagino que el lector pensará sobre esto que…” dice el protagonista) o pidiéndole excusas, precisamente, por ese vaivén cronológico, por esa ruptura de la linealidad temporal que se produce en el texto. 

Pero el gran tema de esta cuarta entrega es el amor y las relaciones humanas. Unas relaciones que, a medida que el protagonista va madurando, asentándose en la sociedad a la que pertenece y conociendo a sus personajes, van sorprendiéndole con encuentros inesperados por él. Así, descubre la homosexualidad de uno de los personajes recurrentes de la obra: el barón de Charlus. Homosexualidad que, por otra parte, explicará algún comportamiento ilógico del barón para con el protagonista. 

Si el joven no juzgaba los comportamientos y reacciones de los personajes en sociedad sí que lo hará con la homosexualidad, tachándola de vicio absolutamente reprobable. La homosexualidad masculina pero también la femenina están presentes en esta obra, siendo esta última la que afecte de lleno al protagonista. Y es que, tras un comentario malicioso, empecerá a obsesionarse con la idea de que Albertina, la joven (la muchacha en flor) que conociera en Balbec en la segunda entrega, con la que ha venido manteniendo relaciones desde entonces, también coquetea con otras mujeres. A pesar de sus dudas sobre el amor que siente por ella, los celos que despierta en él (motivados por mujeres pero también por hombres, como su propio amigo Saint-Loup) le llevarán a tomar una drástica decisión, cuyo anuncio servirá para cerrar (con gran intensidad) el libro: va a casarse con ella. 

Proust  vuelve a mostrar su maestría en el manejo de las situaciones literarias, del lenguaje y de la narrativa en esta cuarta entrega que nos deja con ganas de más. De mucho más.
 
Lidia Casado

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