Anika entre libros

La psique en la antigüedad

Ficha realizada por: Violeta Lila
La psique en la antigüedad

Título: La psique en la antigüedad
Título Original: (The Psyche in Antiquity, 1999)
Autor: Edward F. Edinger
Editorial: Atalanta
Colección: Memoria Mundi


Copyright:

© 1999 by Dianne D. Cordic.
© De la traducción: Carlos Jiménez Arribas
© Ediciones Atalanta, S.L.

Traducción: Carlos Jiménez Arribas
Edición: 1ª Edición: Abril 2026
ISBN: 9788412998689
Tapa: Dura
Etiquetas: mitos cristianismo mente ensayo filosofía psicología libros ilustrados literatura estadounidense pensamiento Jung Platón simbolismo conciencia Sócrates racionalismo historia de la Filosofía humanidad no ficción materia antigüedad
Nº de páginas: 472

Argumento:

Este ensayo hace un recorrido, desde la perspectiva de la psicología junguiana, por los conceptos esenciales de la psique humana en el mundo antiguo. Sin embargo, no se limita a un estudio meramente histórico o cultural de la religión y la filosofía, sino que interpreta los textos, ideas, figuras y arquetipos psíquicos de la Antigüedad, desde los filósofos griegos presocráticos y clásicos hasta las manifestaciones de los primeros cristianos del siglo I y las corrientes gnósticas alejandrinas, donde hunden sus raíces la consciencia occidental y las estructuras más profundas de la mente humana.

Edward F. Edinger parte de la premisa de que los antiguos no solo desarrollaron conceptos filosóficos, sino que también vertieron su experiencia interior, a través de visiones, símbolos y categorías psíquicas, en todas las manifestaciones de la cultura, el pensamiento y la religión. De este modo, el lector se verá conducido por una senda fascinante con el fin de entender cómo funcionan estas proyecciones psíquicas, a la manera de expresiones de lo inconsciente colectivo, y cómo la evolución de la psique occidental puede interpretarse mediante las estructuras simbólicas del pensamiento de la Antigüedad.

 

Opinión:

 

Hay algo que resulta extraño, y a la vez perfectamente lógico, en el hecho de que tengamos que viajar hasta los filósofos presocráticos, los gnósticos alejandrinos o los primeros cristianos del siglo I para entender cómo funciona nuestra propia mente. Como si el alma occidental hubiera dejado enterradas, en los estratos más profundos de su historia, las claves de su propio funcionamiento, y hubiera que excavar con paciencia arqueológica para recuperarlas. Eso es, en esencia, lo que hace Edward F. Edinger en "La psique en la antigüedad": excavar. Y lo hace con la paciencia y la precisión de quien sabe que lo que busca no son ruinas, sino espejos.

Edinger fue uno de los grandes analistas junguianos del siglo XX, discípulo fiel y lúcido de Jung, y esa filiación intelectual lo impregna todo en este libro, pero sin convertirse en una jaula. La psicología analítica funciona aquí no como dogma sino como método, como una lente que permite ver en los textos, figuras y símbolos de la Antigüedad algo más que curiosidades históricas o especulaciones metafísicas: permite ver proyecciones psíquicas, expresiones del inconsciente colectivo, arquetipos que la humanidad fue descubriendo, sin saberlo del todo, a medida que intentaba explicar el mundo que la rodeaba. La premisa es tan sencilla como perturbadora: los antiguos no solo filosofaban sobre la realidad exterior, sino que volcaban en sus sistemas de pensamiento, en sus religiones, en sus visiones, toda su experiencia interior. Lo que creían que describían del cosmos era, en gran medida, una descripción de sí mismos.

Esto convierte al libro en algo bastante insólito dentro de la ensayística sobre el mundo antiguo. No es un manual de historia de la filosofía, aunque la información que maneja es sólida y rigurosa. No es tampoco un tratado de psicología clínica, aunque las categorías junguianas aparecen con precisión técnica. Es más bien un ensayo de interpretación, un ejercicio sostenido de lectura simbólica que atraviesa siglos y tradiciones con una hipótesis de fondo: que la evolución de la consciencia occidental puede rastrearse a través de las estructuras simbólicas del pensamiento antiguo, y que comprender ese recorrido nos dice algo esencial sobre quiénes somos ahora.

El arco que traza Edinger es ambicioso. Parte de los presocráticos, esos pensadores que todavía vivían en una intimidad casi física con el mito y la imagen, y avanza hacia el racionalismo socrático y platónico, donde la psique empieza a diferenciarse, a cobrar conciencia de sí misma como algo separado del mundo exterior. Luego llega a las corrientes gnósticas alejandrinas y a los primeros siglos del cristianismo, donde esa diferenciación se vuelve dramática, conflictiva, cargada de una tensión entre luz y tiniebla, entre espíritu y materia, que todavía resuena en la cultura occidental contemporánea. En cada etapa, Edinger no se limita a exponer: interpreta, conecta, pregunta. El lector no asiste a una conferencia académica sino a algo parecido a una conversación larga e intensa con alguien que lleva décadas pensando en estas cosas y que ha aprendido a hablar de ellas sin perder la profundidad ni ganar en oscuridad.

Debo decirte, amigo lector, que este no es un libro fácil, y sería deshonesto presentarlo como tal. Exige cierta familiaridad o, al menos, cierta disposición hacia el vocabulario junguiano: el Self, la individuación, el inconsciente colectivo, el arquetipo. Quien se acerque a él sin ningún bagaje previo encontrará sin duda momentos de resistencia.

Pero Edinger posee la virtud de los buenos maestros: no da por supuesto que el lector ya sabe, sino que construye la comprensión a medida que avanza. De este modo, incluso quien llega desde fuera de la tradición analítica puede seguir el hilo y, más importante aún, sentir que ese hilo también le concierne.

La edición que nos ocupa, perteneciente a la colección Memoria mundi de Atalanta y se presenta en un cuidado volumen en cartoné de cuatrocientas setenta y dos páginas con formato 14 x 22 cm, ha sido editada por Deborah A. Wesley y traducida al español por Carlos Jiménez Arribas. La traducción es fluida y respetuosa con la densidad del original, lo cual no es un mérito menor tratándose de un texto que exige precisión conceptual en cada término. El volumen incluye además nueve imágenes en blanco y negro que acompañan el análisis de ciertos símbolos y figuras, y que tienen la virtud de anclar en lo visual un discurso que, de otro modo, podría volverse demasiado abstracto. Son un acierto editorial que se agradece, porque en un libro donde los símbolos lo son todo, poder verlos resulta a veces más revelador que leer cien palabras sobre ellos.

Al terminar el libro, queda una sensación peculiar, difícil de nombrar con exactitud. No es exactamente una satisfacción intelectual, aunque algo de eso hay. Es más bien la sensación de haber mirado, desde un ángulo nuevo, algo que creías conocer y haber descubierto que tenía mucha más profundidad de la sospechada. Los griegos, los gnósticos y los primeros cristianos siguen ahí, en algún lugar de nosotros, hablando un idioma que no aprendimos conscientemente pero que, al parecer, nunca dejamos de entender del todo.

Muy recomendado.

 

Violeta Lila

 

 

 

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