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a la sombra de las muchachas en flor

Ficha realizada por: Lidia Casado
a la sombra de las muchachas en flor

Título: a la sombra de las muchachas en flor
Título Original: (à la recherche du temps perdu 2. à l´ombre des jeunes filles en fleurs, 1919)
Autor: Marcel Proust
Editorial: Alianza


Copyright: © Traducción de Soledad Salinas de Marichal y Jaime Salinas, 2011
© Alianza Editorial, S.A., 2011
1ª Edición Bolsillo, 1966
3ª Edición, 2011 ISBN: No definido
Etiquetas: autores ciclo clásicos escritores franceses literatura francesa sagas series trilogías

Argumento:


La segunda entrega de “En busca del tiempo perdido” se centra en la adolescencia del protagonista, con dos partes bien diferenciadas: en primer lugar, la narración de los sinsabores de su primer enamoramiento, dirigido, precisamente, hacia la hija de Swann (protagonista del primer tomo); y, en segundo lugar, la descripción de todas las peripecias vividas en unas vacaciones en el balneario de Balbec.

Opinión:


A la sombra de las muchachas en flor” continúa el relato iniciado en “Por el camino de Swann”, con el mismo estilo, la misma cadencia, los mismos periodos largos plagados de subordinadas que alargan la frase hasta cubrir párrafos enteros y los mismos párrafos que se prolongan durante varias páginas. La obra requiere la misma lectura pausada y produce el mismo placer que el primero de los tomos de ese ambicioso proyecto llamado “En busca del tiempo perdido”. Comparte con él también protagonistas principales y ambiente social, así como la finura de las descripciones, la plasticidad de las reflexiones sobre el arte y la misma visión (entre fascinada y crítica) de la sociedad burguesa y aristócrata de la Francia de finales del siglo XIX y principios del XX.

En esta ocasión, el protagonista, ya adolescente, continúa su propia historia en el mismo punto en que la dejó al terminar el tomo anterior: la narración de su primer enamoramiento. Será, precisamente, la hija de Charles Swann y Odette de Crécy, Gilberta, el objeto de ese primer amor, que no olvidará a lo largo de su vida. La amistad con la joven le permitirá cumplir uno de sus sueños: retomar la amistad con Swann y su esposa (perdida después de que la familia del protagonista censurara este matrimonio). Así, irá combinando la narración de esa amistad con las descripciones del ambiente social que se respira en la casa de los Swann, con sus visitas y reuniones, presididas por una Odette que se ha convertido en una mujer madura en todo su esplendor.

Precisamente esta reflexión, la de cómo el tiempo madura a la mujer, es una de las principales de la obra. Así, si en la primera parte, el protagonista analiza con sumo detalle la ropa, los accesorios, el maquillaje y la pose social de una Odette madura en la segunda parte hace lo propio con una pandilla que jóvenes muchachas que le encandilan durante sus vacaciones en Balbec. En ambos casos subyace la misma intención: cavilar sobre cómo el tiempo moldea nuestras costumbres, nuestra apariencia y hasta nuestra esencia, corrigiendo los errores de nuestra juventud y convirtiéndonos en seres humanos completos y maduros.

En el caso de Odette, la fascinación que siente el protagonista por la señora de Swann se manifiesta en un cierto control de los efectos del tiempo sobre la dama: es ella la que ha ido reinventándose, depurándose y afianzando su estilo personal (ropa, peinado, maquillaje, complementos, dicción, estilo lingüístico y ademanes sociales) hasta conseguir ser la gran señora que hoy es. El contraste con lo que ocurre con las muchachas de la playa, damas a medio hacer, pone de relieve el desarrollo completo de la mujer a lo largo de tiempo.

Así, el protagonista se emociona con el grupo de chicas cuya amistad procura a toda costa (renunciando a principios que parecían vitales para él, como el arte o las buenas relaciones sociales), se enamora de todas ellas pero al mismo tiempo es crítico con sus formas de hablar, su manera de actuar y su aspecto físico. De hecho, en las primeras apariciones por la playa de este grupo de jóvenes, el protagonista ni siquiera distingue a cada una de ellas. Para él no son más que enjambre, grupo, como (sostiene) también les ocurre a ellas mismas. Poco a poco, a medida que las vaya conociendo, se irán diferenciando, resaltando cada una con su propia fisonomía y carácter. Detalles, no obstante, aún por desarrollar, que el tiempo irá moldeando y madurando a partir de la materia prima que brindan tanto la herencia como el entorno social.

El tercer pilar sobre el que se asienta la reflexión sobre el paso del tiempo y la madurez descansa sobre la figura del pintor Elstir, personaje que ya apareciera en el libro anterior, concretamente, en las reuniones en casa de los Verdurin. Sólo que por aquel entonces, utilizaba otro nombre, pintaba otro tipo de cuadros y frecuentaba otras relaciones. Precisamente el choque entre lo que fue y lo que es sirve a Elstir para introducir un matiz más en esa reflexión sobre cómo el tiempo nos transforma de la que venimos hablando: cómo es necesario cometer errores en la juventud y aprender de ellos, sacándoles provecho para el futuro maduro que nos espera como personas.

Junto al amor, la atracción sexual y el interés por el sexo opuesto otro de los temas importantes que recorren la novela es el de la amistad, fundamental para cualquier adolescente. En este caso, además de las chicas (en las que confunde amistad y amor o cree que lo uno puede conducir a lo otro), dos son los personajes que le sirven para desarrollar sus reflexiones sobre la amistad: Bloch (quien ya apareciera en el primer tomo de la heptalogía) y, sobre todo, Roberto Saint-Loup, al que conoce en Balbec y con el que trabará una profunda amistad a la que sólo renunciará para estar con las muchachas de la playa.

Cierra el análisis sobre el paso del tiempo que Proust realiza en esta segunda entrega de “En busca del tiempo perdido” los juicios sobre la propia adolescencia, un periodo crucial en la vida de toda persona en el que la infancia se diluye para comenzar una etapa de profunda transformación que dará lugar a nuestro yo futuro. Los temores, las incertidumbres, las inseguridades, las bravuconadas y la  intención de comerse el mundo propias de esta edad quedan bien reflejadas gracias al joven protagonista, al que, no obstante, le sigue pudiendo más el paso tranquilo y sosegado de los días frente a sus grandes ambiciones profesionales y literarias.

Adolescencias al margen, Proust vuelve a introducir en esta segunda entrega algunos de los temas que ya formasen parte de la primera: las modas sociales, el arte (literatura, pintura y música están continuamente presentes a lo largo de la novela, como intereses del protagonista pero también poniendo de relieve las opiniones del propio autor al respecto), los códigos sociales, la crítica al esnobismo y las apariencias que hay que mantener en ciertas capas sociales… Numerosas pinceladas sobre la política de la época (como las referencias al caso Dreyfus o el antisemitismo) sirven no sólo para dejar clara la postura del protagonista y su entorno sobre ellas sino también para situar cronológicamente la obra.

En este continuo fluir de acontecimientos, reflexiones y personajes que es “En busca del tiempo perdido” (reflejo del fluir de la propia vida), Proust no sólo recupera elementos de la entrega anterior sino que anuncia (como ya hiciera también en ese primer libro) sucesos y, sobre todo, personajes que serán importantes en próximas obras. Así, presenta ya aquí (y esboza la caracterización) de alguien que se intuye llegará a ser muy importante para el protagonista (y, por lo tanto, para la heptalogía): Albertine Simonet. 

Así pues, la segunda entrega de “En busca del tiempo perdido” ahonda en el principal objetivo de Proust al componer la obra: indagar en los mecanismos de la memoria y en los efectos que causa el tiempo tanto en las personas como en la sociedad y en la cultura. Todo ello con el mismo estilo, tan intrincado como hermoso, y los mismos protagonistas, cuya vida continuaremos saboreando en las próximas entregas de la saga.
 
Lidia Casado

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