<?xml version="1.0" encoding="UTF-8"?><rss version="2.0" xmlns:content="http://purl.org/rss/1.0/modules/content/" xmlns:wfw="http://wellformedweb.org/CommentAPI/" xmlns:dc="http://purl.org/dc/elements/1.1/" xmlns:rssdatehelper="urn:rssdatehelper"><channel><title>Félix J. Palma</title><link>http://anikaentrelibros.com</link><pubDate>2014-12-05T10:45:39</pubDate><generator>umbraco</generator><description>Juego de palabras</description><language>en</language><item><title>STEAMPUNK A LA ESPAÑOLA (II)</title><link>http://anikaentrelibros.com/blogs/felix-j-palma/2014/12/5/steampunk-a-la-espanola-ii/</link><pubDate>Fri, 05 Dec 2014 00:00:00 GMT</pubDate><guid>http://anikaentrelibros.com/blogs/felix-j-palma/2014/12/5/steampunk-a-la-espanola-ii/</guid><description><![CDATA[ 
<p>&nbsp;</p>

<p style="text-align: center;"><strong><img src="/media/5890774/steampunk2-2_500x319.jpg"  width="500"  height="319" alt="Steampunk 2-2"/></strong></p>

<p style="text-align: center;"><strong>STEAMPUNK A LA ESPAÑOLA
(II)</strong></p>

<p>&nbsp;</p>

<p>Vaya por delante que no he leído <em><strong>La máquina
diferencial</strong></em>, <strong><em>La era del diamante: manual
ilustrado para jovencitas</em></strong>,<em><strong>La estación de
la calle Perdido</strong></em> ni
<em><strong>Leviathan</strong></em>, las novelas que en los
primeros años del nuevo siglo hicieron reverdecer el
<strong>steampunk</strong>, aquella polvorienta acuñación de los
80. Así que cuando escribí <strong>El mapa del tiempo</strong> no
tenía en mente los postulados de la literatura steampunk, por lo
que me sorprendió enormemente que se le pusiera esa etiqueta. Mi
novela no se atiene a la definición pura, pero ese atisbo que se
hace al año 2000, con los autómatas a vapor dominado el mundo, la
descripción del cronotulius, la incorporación de la magia o el
hecho de que el protagonista sea el escritor <a
href="/autores/h/7392-h--g--wells/">H. G. Wells</a>, convertido hoy
en icono del steampunk, hacen que se pueda etiquetar como tal.</p>

<p>Si uno busca "<strong>literatura española steampunk</strong>" en
la wikipedia, <strong>El mapa del tiempo</strong> aparece como la
segunda novela steampunk escrita en España, tras <em>Danza de
tinieblas</em>, de Eduardo Vaquerizo. Para mí, es todo un honor ser
considerado uno de los abanderados del movimiento en nuestro país,
y dicho honor me llevó a añadir más elementos steampunk -esta vez
deliberadamente- en <strong>El mapa del cielo</strong>, la segunda
entrega de mi trilogía, en la que Wells tiene que enfrentarse a los
siniestros trípodes marcianos que él mismo había descrito en <a
href="/la-guerra-de-los-mundos">La guerra de los mundos</a>. En la
aventura lo ayudaba el agente Clayton, que lucía una mano mecánica
y pertenecía a un Departamento Especial de Scottland Yard encargado
de estudiar lo sobrenatural. No digo más.</p>

<p>Pero ha sido en <strong>El mapa del caos</strong>,
<strong>tercera y última entrega de la trilogía</strong>, cuando me
he permitido saldar la deuda que tenía pendiente con todos los fans
del steampunk que han seguido mis novelas desde el principio,
dedicándoles un prólogo de unas 50 páginas indiscutiblemente
steampunk. El futuro descrito en esas páginas es <strong>un mundo
tecnológicamente muy avanzado, pero que estéticamente sigue varado
en la época victoriana</strong>, por lo que si uno se asoma a la
ventana ve toda la panoplia típica del género: zepelins, carruajes
aéreos, perritos mecánicos, etc, etc. Desde allí envían a un
ejército de ciborgs para cazar a los saltadores temporales, que con
sus indiscriminados brincos amenazan con poner en peligro el
delicado equilibrio del multiverso. Tampoco digo más.&nbsp;</p>

<p><br />
 <a
href="/autores/autores-destacados/4257-felix-j--palma/"><span>Félix
J. Palma</span></a></p>

<p>&nbsp;</p>

<p>&nbsp;</p>

<div class="entry-content">
<p><span style="font-size: xx-small;">anikaentrelibros no se hace
responsable del uso de imágenes de los blogueros a partir del
momento en que informa que sólo deben utilizarse aquellas libres de
copyright, con permiso o propias del autor</span></p>
</div>
]]></description></item><item><title>STEAMPUNK A LA ESPAÑOLA (I)</title><link>http://anikaentrelibros.com/blogs/felix-j-palma/2014/11/3/steampunk-a-la-espanola-i/</link><pubDate>Mon, 03 Nov 2014 00:00:00 GMT</pubDate><guid>http://anikaentrelibros.com/blogs/felix-j-palma/2014/11/3/steampunk-a-la-espanola-i/</guid><description><![CDATA[ 
<p>&nbsp;</p>

<p style="text-align: center;"><strong><img src="/media/5872386/steampunk1-retocado.jpg" width="500" height="500" alt="Steampunk 1-retocado"/></strong></p>

<p style="text-align: center;"><strong>STEAMPUNK A LA ESPAÑOLA
(I)</strong></p>

<p>&nbsp;</p>

<p>La primera vez que oí hablar del steampunk fue a finales de los
años 80. Por aquel entonces, yo era un ávido lector de ciencia
ficción, y tuve la suerte de leer casi seguidas dos de las novelas
fundacionales de este subgénero: <strong><em>Las puertas de <img src="/media/5872396/steampunk2-retocado.jpg" width="270" height="381" alt="Steampunk 2-retocado" style="float: left;"/>Anubis</em></strong>, de <strong>Tim
Powers</strong>, y <strong><em>Homónculo</em></strong>, de
<strong>James P. Blaylock</strong>, ambas publicadas en España unos
años antes. Fue el escritor <strong>K. W. Jeter</strong> quien
acuñó el término para englobar dichas novelas, más la suya propia,
<strong><em>Moorlock Night</em></strong>, que desde su punto de
vista compartían algunos elementos comunes. Lo bautizó steampunk
con cierta ironía, para contraponerlo al ciberpunk, el género de
moda por entonces, y del que, por cierto, hoy ya apenas se habla.
Podría decirse, por tanto, que el steampunk surgió como el hermano
amable e ingenuo del <strong>ciberpunk</strong>.</p>

<p>Pero, ¿qué es exactamente el <strong>steampunk</strong>?, dices,
mientras clavas en mi pupila tu barroca prótesis ocular. La
pregunta no es fácil de responder, debido a que se trata de un
termino muy permeable, donde cabe casi de todo. Os aseguro que es
una pregunta que me hacen incluso en las convenciones de steampunk.
Así que intentaré explicarlo lo mejor posible. Podríamos decir,
resumiéndolo mucho, que se trata de un género cuyas historias
suceden en una época alternativa donde la tecnología a vapor sigue
siendo la predominante, generalmente localizadas en Inglaterra
durante la época victoriana, y donde no es extraño encontrar
elementos comunes de la ciencia ficción o la fantasía. La
<strong>magia</strong>, el <strong>ocultismo</strong> y la
<strong>brujería</strong>, por ejemplo, conviven en mayor o menor
medida con la que quizás sea su característica más representativa:
la presencia de la <strong>tecnología anacrónica</strong>, toda
suerte de <strong>inventos</strong> y <strong>gadgets
mecánicos</strong> que parecen sacados directamente de las
entrañables <strong>ilustraciones futuristas del siglo
XIX</strong>, aquellas que mostraban damas con corsés alados y
carruajes aéreos.</p>

<p><img src="/media/5872401/steampunk3-retocado.jpg" width="270" height="381" alt="Steampunk 3-retocado" style="float: right;"/>Dentro del steampunk, para liar aún más la cosa,
también hay subgéneros, como el <strong>dieselpunk</strong> o el
<strong>clockpunk</strong>, que parecen diferenciarse unos de otros
por pequeños matices solo perceptibles para el ojo del entendido.
Los japoneses incluso tienen su propia versión del steampunk
tamizado por la estética <strong>manga</strong>.</p>

<p>Pero en los 80 nadie sabía lo que era el steampunk, lo cual no
debe sorprendernos porque era únicamente un movimiento literario.
Por mi parte, a principios de los 90, yo empezaba a alejarme
progresivamente de la ciencia ficción. Empezaba a leer literatura
general, y a publicar mis primeros cuentos aquí y allá, en revistas
que ya no eran del género. Aquellos relatos, muy deudores de la
obra de <strong>Julio Cortázar</strong>, darían forma a mi primer
libro, <strong><em>El vigilante de la salamandra</em></strong>. Y
mientras yo me afanaba en construir mi obra sobre los pilares de lo
que podríamos denominar el "fantástico cotidiano", poco a poco, el
término steampunk empezaba de calar en la sociedad. Aunque, para mi
sorpresa, nadie lo relacionaba con la literatura, sino con el cine,
con la estética de determinadas películas, como <em><strong>Wild
Wild West</strong>, <strong>El castillo ambulante</strong>,
<strong>Steam boy</strong>, <strong>La Liga de los caballeros
extraordinarios</strong></em> o la serie británica <strong><em>Dr.
Who</em></strong>. Se trataba de un grafismo muy concreto, vistoso
y barroco, donde menudeaban los engranajes, las tuberías, las
bielas, y los brillos dorados del cobre y del estaño… Y en cuestión
de años, el <strong>steampunk</strong> trascendió lo literario para
impregnar otras disciplinas artísticas, como la ilustración, los
videojuegos o la moda, hasta convertirse incluso en una filosofía
de vida, en el movimiento sociocultural que es hoy.</p>

<p><a href="/autores/autores-destacados/4257-felix-j--palma/">Félix
J. Palma</a></p>

<p>&nbsp;</p>

<p>&nbsp;</p>

<p>&nbsp;</p>

<div class="entry-content">
<p><span style="font-size: xx-small;">anikaentrelibros no se hace
responsable del uso de imágenes de los blogueros a partir del
momento en que informa que sólo deben utilizarse aquellas libres de
copyright, con permiso o propias del autor</span></p>
</div>

<p>&nbsp;</p>
]]></description></item><item><title>Algunas claves de El mapa del caos</title><link>http://anikaentrelibros.com/blogs/felix-j-palma/2014/10/3/algunas-claves-de-el-mapa-del-caos/</link><pubDate>Fri, 03 Oct 2014 00:00:00 GMT</pubDate><guid>http://anikaentrelibros.com/blogs/felix-j-palma/2014/10/3/algunas-claves-de-el-mapa-del-caos/</guid><description><![CDATA[ 
<p style="text-align: center;"><strong>ALGUNAS CLAVES DE EL MAPA
DEL CAOS</strong></p>

<p style="text-align: center;"><img src="/media/5858432/mapadelcaos_499x770.jpg"  width="499"  height="770" alt="Mapadelcaos"/></p>

<p>&nbsp;</p>

<p>Cuando puse la primera palabra de mi trilogía victoriana no
sabía que aún tendría que escribir más de seiscientas mil,
principalmente porque entonces no tenía intención de escribir
ninguna trilogía. Como cualquier lector que haya leído
<strong><em>El mapa del tiempo</em></strong> habrá podido
comprobar, dicha obra es una novela autoconclusiva. Sin embargo,
durante su larga promoción me descubrí preguntándome en más de una
ocasión qué pasaría si volvía a involucrar al escritor <strong>H.
G. Wells</strong> en nuevas tramas donde el resto de sus novelas
más populares se hicieran realidad.</p>

<p>&nbsp;</p>

<p>Las posibilidades argumentales que dicha idea ofrecía me
resultaban de lo más atractivas, así que lo intenté, y hoy, más de
dos mil páginas y siete años después, la trilogía victoriana es una
realidad encuadernada. El 16 de octubre llegará a las librerías
<strong><em>El mapa del caos</em></strong>, su última parte, aunque
solo si atendemos a la cronología, ya que la serie puede empezarse
por cualquiera de ellas. Dependiendo del camino que el lector
escoja, la historia cambia.</p>

<p>&nbsp;</p>

<p>Como muchos ya sabéis porque suelo ponerlo en las dedicatorias,
mi intención con esta trilogía ha sido la de rendir mi personal
homenaje a los libros que nos hicieron soñar de niños, a aquellas
novelas de <strong>Verne</strong>, <strong>Stevenson</strong> o
<strong>Dumas</strong> con las que vivimos mil
<strong>aventuras</strong> sin movernos del sillón, o lo que es lo
mismo, a la novela popular del siglo XIX. Confeccionada como un
traje a medida para el nuevo lector surgido de la burguesía,
aquella literatura reflejaba un espíritu aventurero que solo podía
darse en esa época, porque el mundo era todavía un lugar ignoto,
cuyos límites los exploradores aún estaban perfilando, y la
incipiente ciencia todavía no había dicho qué era posible y qué no.
Podía pensarse, por ejemplo, que había vida en Marte, en Venus, en
la Luna o incluso en el centro de la Tierra. Y nadie podía
desmentirlo. Era la época de la imaginación. Y espero haberle hecho
justicia al intentar retratar esa atmósfera de magia e ingenua
tecnología tan características de la época victoriana.</p>

<p>&nbsp;</p>

<p>A partir de aquí, aunque intentaré no revelar nada crucial,
<span style="color: #ff0000;"><strong>habrá algunos
spoilers</strong></span>, así que quien quiera abordar
<em><strong>El mapa del caos</strong></em>, o incluso la trilogía,
en estado virginal, mejor que deje de leer. Como ya he comentado
más arriba, al igual que las dos anteriores, esta novela también
está protagonizada por <strong>H. G. Wells</strong>. Tras
sobrevivir a los vaivenes de los viajes temporales y padecer en
carne propia la invasión marciana que él mismo describió en
<strong><em>La guerra de los mundos</em></strong>, el escritor
británico tiene que dar caza ahora al peor villano que se pueda
imaginar, un hombre invisible, que parece haberse escapado de las
páginas de su popular novela para sembrar el terror entre los
hombres.</p>

<p>&nbsp;</p>

<p><img src="/media/5858452/sherlock-cartel.jpg" width="350" height="245" alt="Sherlock -cartel" style="display: block; margin-left: auto; margin-right: auto;"/></p>

<p>&nbsp;</p>

<p>Pero Wells no estará solo en tan difícil empresa, solo faltaría.
Contará con la ayuda de <strong>Arthur Conan Doyle</strong>, que
siguiendo otra de las constantes de la trilogía, será uno de los
escritores invitados. Las aventuras que ambos correrán, junto al
resto de los personajes, inspirarán al autor escocés su novela
<strong><em>El sabueso de los Baskerville</em></strong>, donde
resucita a <strong>Sherlock Holmes</strong> siete años después de
haberlo ahogado en las cataratas de Reichenbach, abrazado a su
archienemigo Moriarty. Ya disfruté lo mío incluyendo a
<strong>Edgar Allan Poe</strong> como personaje en <em><strong>El
Mapa del cielo</strong></em>, y he vuelto a hacerlo ahora usando a
<strong>Doyle</strong>, todo un hombre de honor. Cuando era niño,
con el propósito de enseñarle a distinguir entre el Bien y el Mal,
su madre acostumbraba a contarle, mientras preparaba las gachas
para la cena, didácticas historias de caballeros y princesas
rebosantes de desafíos y duelos. Esos relatos calaron en él de tal
manera que a lo largo de su vida trató de poner en práctica aquel
trasnochado código medieval, y yo me lo he pasado en grande
manejando a un personaje con alma de caballero andante, atento con
las damas, protector con los débiles y valiente contra los fuertes,
a quien por desgracia le tocó vivir en un mundo demasiado moderno,
donde el concepto de caballería había degenerado en simple
deportividad.</p>

<p>&nbsp;</p>

<p>Otro de los escritores invitados que aparecen en la novela es
<strong>Lewis Carroll</strong>, el autor de <strong><em>Alicia en
el país de las maravillas</em></strong>, por el que siempre he
sentido una especial debilidad. Y como esta novela tampoco se libra
de los tradicionales viajes en el tiempo marca de la casa, he
podido narrar el mítico paseo en barca por el Támesis que Carroll y
las hijas del decano de la Christ Church dieron la tarde del 4 de
julio de 1862. Como muchos sabréis, durante esa excursión, Carroll
improvisó la historia de Alicia en el país de las maravillas para
entretener a las tres hermanas Liddell, en especial a
<strong>Alicia</strong>, su favorita.</p>

<p>&nbsp;</p>

<p><img src="/media/5858437/alicia-liddel.jpg" width="399" height="268" alt="Alicia -liddel" style="display: block; margin-left: auto; margin-right: auto;"/></p>

<p>&nbsp;</p>

<p>Otro de los personajes reales que aparecerán en la novela, que
sucede en pleno auge del espiritismo, es <strong>sir William
Crookes</strong>. Aparte de uno de los científicos más reputados de
época, Crookes fue pionero en la investigación de fenómenos
psíquicos, específicamente en las materializaciones
ectoplasmáticas. Por desgracia, vio dañada su reputación al
enamorarse perdidamente de <strong>Katia King</strong>, la hermosa
hija del famoso <strong>pirata Morgan</strong>, un espíritu
invocado por una de las médiums que estudiaba.</p>

<p>&nbsp;</p>

<p><img src="/media/5858442/kking.jpg" width="206" height="290" alt="Kking" style="display: block; margin-left: auto; margin-right: auto;"/></p>

<p>&nbsp;</p>

<p>En cuanto a la trama propiamente dicha, poco puedo contar sin
descubrir nada. La inclusión de Doyle como personaje me ofrecía la
oportunidad de darle a la novela la estructura de las
<strong>historias detectivescas</strong>, que él prácticamente
inauguró, donde los misterios se van amontonando unos sobre otros
hasta que todos se resuelven con una gran explicación final. Ese
patrón, propio de las novelas de Holmes, es el que he imitado en
<strong><em>El mapa del caos</em></strong>, por lo que, a medida
que el lector avanza en su lectura, se va enredando en varias
subtramas, sin aparente relación entre ellas, que se trenzan poco a
poco, hasta formar al final una única trama. La historia empieza
justo donde acaba <strong><em>El mapa del cielo</em></strong>, en
la escena del globo en los pastos de Horsell, pero como ya advirtió
el narrador en <strong><em>El mapa del tiempo</em></strong>, hay
historias que no pueden empezar por su principio, así que es
posible que la novela comience por otro sitio.</p>

<p><strong>&nbsp;</strong></p>

<p><strong>¿Y qué más puedo adelantaros? Solo algunas pinceladas
vagas que ya he dejado caer en las entrevistas</strong>: aparte de
la persecución del <strong>hombre invisible</strong>, hay una
historia de amor, tan poderosa que continuará más allá de la caída
del oscuro telón de la muerte, y un virus llamado
<strong>cronotemia</strong>, que hace que los infectados salten
entre <strong>mundos paralelos</strong>, amenazando con destruir el
multiverso y provocando que, desde un futuro victoriano, envíen un
ejercito de cyborgs para dar caza a los saltadores. Ese futuro
victoriano me ha permitido saldar la deuda que tenía pendiente con
los fans del <strong>steampunk</strong>, dedicándole algunos
pasajes de la novela. Finalmente, como guinda del pastel, el
narrador se quitará su máscara y podremos descubrir quién es.</p>

<p>&nbsp;</p>

<p><img src="/media/5858447/hombre-invisible.jpg" width="319" height="384" alt="Hombre -invisible" style="display: block; margin-left: auto; margin-right: auto;"/></p>

<p>&nbsp;</p>

<p>Y poco más que añadir. Por mi parte, he disfrutado mucho
escribiendo <em><strong>El mapa del caos</strong></em>. Espero que
al lector que se acerque a la trilogía por primera vez le guste lo
suficiente como para continuar con las anteriores, y al que ya lo
haya hecho, esta última aventura le parezca un buen broche para
cerrarla. Esta trilogía definitivamente acababa aquí. Siento haber
dejado fuera <em>La isla del doctor Moreau</em> -lo que he
intentado subsanar en lo posible incluyendo un
<strong>cameo</strong> del pueblo de las bestias-, pero creo que
dos mil páginas son suficiente como homenaje a
<strong>Wells</strong>, que ahora ya puede descansar realmente en
paz. Y yo también.</p>

<p>Es hora de emprender nuevas aventuras...&nbsp;</p>

<p>&nbsp;</p>

<p><a href="/autores/autores-destacados/4257-felix-j--palma/">Félix
J. Palma</a></p>

<p>&nbsp;</p>

<p>&nbsp;</p>

<p>&nbsp;</p>

<div class="entry-content">
<p><span style="font-size: xx-small;">anikaentrelibros no se hace
responsable del uso de imágenes de los blogueros a partir del
momento en que informa que sólo deben utilizarse aquellas libres de
copyright, con permiso o propias del autor</span></p>
</div>
]]></description></item><item><title>La desaparición (Un cuento de verano)</title><link>http://anikaentrelibros.com/blogs/felix-j-palma/2014/9/12/la-desaparicion-(un-cuento-de-verano)/</link><pubDate>Fri, 12 Sep 2014 00:00:00 GMT</pubDate><guid>http://anikaentrelibros.com/blogs/felix-j-palma/2014/9/12/la-desaparicion-(un-cuento-de-verano)/</guid><description><![CDATA[ 
<p style="text-align: center;">LA DESAPARICIÓN (UN CUENTO DE
VERANO)</p>

<p style="text-align: center;"><img src="/media/5751191/playa-cuento-felix2_499x332.jpg"  width="499"  height="332" alt="Playa -cuento -felix2"/></p>

<p>&nbsp;</p>

<p>Estaba tumbado en la arena, embadurnado hasta las cejas en crema
protectora, factor, sintiendo cómo el mundo de la oficina se le
difuminaba en la memoria hasta convertirse en un lugar tan
improbable como Camelot o el Olimpo. En realidad, la playa no le
gustaba demasiado, pero, ¿en qué otro sitio podía uno estar así,
desmadejado en una toalla mientras el universo seguía su curso,
escuchando el ajetreo de la multitud como si no fuera con él? Se
encontraba en un estado de plenitud absoluta, en paz con el resto
de seres vivos, por lo que se rindió al sueño que venía arrastrando
desde el invierno sin reparar en que en ese mismo instante su hijo
de tres años se le acercaba con el cubo y la pala.</p>

<p>Ese fue su error.</p>

<p>Cuando su mujer se puso a buscarlo, no lo encontró. Le preguntó
al hijo, pero este era más diestro con la pala que con la lengua,
por lo que no pudo sacar nada en claro. Durante el resto de la
tarde, los altavoces exigieron una y otra vez que el desaparecido
se presentara en el puesto de guardia, pero no tuvieron ningún
éxito. Al caer la tarde, frente al espectáculo del sol tiñendo de
azafrán las aguas, su mujer aceptó lo que ya sospechaba: mientras
leía el Hola, su cónyuge se habría fugado con la amante que ella
creía que tenía desde que adjudicaba a una lagarta pelirroja los
pelos que el cocker zalamero del vecino perdía en las chaquetas de
su marido.</p>

<p>Aquel verano pronto se desflecó en el otoño, y el otoño dejó
paso al invierno, y así, sin hacer excesivo ruido, la rueca del
tiempo continuó girando, sumando años al mundo. Y él seguía
durmiendo enterrado bajo la arena, cual animalito en su madriguera,
ajeno al discurrir de los días, al inexorable relevo de las
estaciones. Hasta que muchos años después, lo despertó un repentino
pinchazo. Era la sombrilla que alguien insistía en clavar en la
arena. Con la lógica desorientación de quien despierta de una
siesta larguísima, el hombre se entregó a la búsqueda de su
familia, para descubrir que su cabezadita le había costado cara:
sin su tutela, el hijo se le había descarriado, convirtiéndose
justamente en el adolescente díscolo que siempre evitó que fuera, y
su mujer había empezado una nueva vida con uno de sus vecinos, el
dueño del cocker coñazo, quien se la pegaba sin problemas con una
lagarta pelirroja.</p>

<p>En vista del panorama, el hombre regresó a la playa. Aquel lugar
se mantenía igual, inmune a los vaivenes del tiempo. Y, ante un
crepúsculo memorable, empezó a enterrarse los pies, dispuesto a
entregarse de nuevo al sueño. Lo alentaba la esperanza de que, esta
vez, lo despertara su mujer, a ser posible sin clavarle una
sombrilla en ninguna parte, y que su hijo no se hubiese movido de
la orilla, donde construía su castillo, sin el menor interés en
enterrar a un padre que hacía mucho que había decidido enterrarse
él solo, borrase de sus vidas pasando casi todo el día en la
oficina, lejos de ellos, desaparecido de verdad.</p>

<p><a href="/autores/autores-destacados/4257-felix-j-palma/">Félix
J. Palma</a>&nbsp;</p>

<p>&nbsp;</p>

<p>&nbsp;</p>

<div class="entry-content">
<p><span style="font-size: xx-small;">anikaentrelibros no se hace
responsable del uso de imágenes de los blogueros a partir del
momento en que informa que sólo deben utilizarse aquellas libres de
copyright, con permiso o propias del autor</span></p>
</div>
]]></description></item><item><title>En una galaxia muy, muy lejana (II)</title><link>http://anikaentrelibros.com/blogs/felix-j-palma/2014/6/20/en-una-galaxia-muy,-muy-lejana-(ii)/</link><pubDate>Fri, 20 Jun 2014 00:00:00 GMT</pubDate><guid>http://anikaentrelibros.com/blogs/felix-j-palma/2014/6/20/en-una-galaxia-muy,-muy-lejana-(ii)/</guid><description><![CDATA[ 
<p style="text-align: center;">&nbsp;</p>

<p style="text-align: center;">EN UNA GALAXIA MUY MUY LEJANA
(II)</p>

<p style="text-align: center;">Félix J. Palma</p>

<p>&nbsp;</p>

<p>Y lo fue.</p>

<p>A los diez años no me enteré de mucho, la verdad, pero salí del
cine con la sensación de haber visto algo, efectivamente, fuera de
lo común. Algo que ya nunca olvidaría, pero sobre todo, algo que yo
también podía imaginar.</p>

<p>Y durante meses eso hice, imaginar historias como aquella con la
ingenuidad de un niño sobrecogido. Imaginar aventuras de caballeros
estelares con armas imposibles por planetas poblados de alienígenas
pintorescos. Y es que, de repente, el cine había dejado de ser algo
serio y formal. Ahora podía ser cualquier cosa. Era como si
<strong><em>Star Wars</em></strong> hubiese abierto una puerta de
mi mente que hasta ese momento permanecía atrancada.</p>

<p>&nbsp;</p>

<p><img src="/media/5680096/starwars3_499x345.jpg"  width="499"  height="345" alt="Starwars3" style="display: block; margin-left: auto; margin-right: auto;"/></p>

<p>&nbsp;</p>

<p>De <em><strong>El imperio contraataca</strong></em> y de
<strong><em>El retorno del jedi</em></strong> tengo recuerdos más
vívidos porque las vi con trece y dieciséis años respectivamente.
Eran los tiempos del vídeo, de aquellas cintas VHS del tamaño de
ladrillos que a veces había que desenredar de los cabezales del
aparato. Y aquel par de secuelas calaron en mi imaginación de un
modo más espectacular, pues cuando vi <em>El retorno del jedi</em>
ya empezaba a barruntar, quizás todavía no que quería ser escritor,
pero sí que quería contar historias. E historias como aquella.
Supongo que muchos de los que hoy practicamos el género fantástico
crecimos hechizados por las aventuras de Luke Skywalker, Han Solo,
Yoda, Obi-Wan y compañía, a las que habría que sumar
<em>Terminator</em>, <em>Blade Runner</em> o los <em>Aliens</em>,
que llegarían poco después, e incluso bodrios como <em>Los siete
magníficos del espacio</em> y otros delirantes carnavales estelares
surgidos a rebufo del éxito de <em>Star Wars</em>. Gracias a esas
películas, ahora escribo lo que escribo y no otra cosa.</p>

<p>&nbsp;</p>

<p><img src="/media/5680091/starwars4_499x280.jpg"  width="499"  height="280" alt="Starwars4" style="display: block; margin-left: auto; margin-right: auto;"/></p>

<p>&nbsp;</p>

<p>Y aunque como fan de <strong><em>Star Wars</em></strong> me
dolió ver las ediciones especiales que Lucas hizo de la trilogía,
cómo abigarró de bichos hechos por ordenador aquellas míticas
escenas que permanecían grabadas a fuego en nuestra memoria, no soy
de los que pone el grito en el cielo porque la Disney vaya a
continuar la franquicia. La trilogía de <em>Star Wars</em> es
nuestra, de quienes crecimos con ella, de quienes aprendimos de
ella, y nada podrá alterar su calidad, ni lo que significó en su
momento para el cine y para nuestras vidas. Iré a ver la película
de Abrams cuando se estrene a un multicine ascéptico, sabiendo que
solo voy a ver un olvidable blockbuster más, y echando de menos a
ese niño de diez años que subía las escaleras de aquel cine de
provincias sin saber que iba a vivir uno de los acontecimientos que
cambiarían su vida, que le convertirían en el que soy ahora.</p>

<p><a href="/autores/autores-destacados/4257-felix-j-palma/">Félix
J. Palma</a></p>

<p>&nbsp;</p>

<p>&nbsp;</p>

<p><span style="font-size: xx-small;">anikaentrelibros no se hace
responsable del uso de imágenes de los blogueros a partir del
momento en que informa que sólo deben utilizarse aquellas libres de
copyright, con permiso o propias del autor</span></p>
]]></description></item><item><title>En una galaxia muy, muy lejana (I)</title><link>http://anikaentrelibros.com/blogs/felix-j-palma/2014/6/6/en-una-galaxia-muy,-muy-lejana-(i)/</link><pubDate>Fri, 06 Jun 2014 00:00:00 GMT</pubDate><guid>http://anikaentrelibros.com/blogs/felix-j-palma/2014/6/6/en-una-galaxia-muy,-muy-lejana-(i)/</guid><description><![CDATA[ 
<p style="text-align: center;">EN UNA GALAXIA MUY, MUY LEJANA
(I)</p>

<p style="text-align: center;">Félix J. Palma</p>

<p>&nbsp;</p>

<p>Ahora que J. J. Abrams ha comenzado el rodaje de <em>Star Wars:
Episodio VII</em>, quizás sea el momento de hablar de la enorme
influencia que <em>La guerra de las galaxias</em>, la primera parte
de la popular saga galáctica, ejerció sobre los jóvenes de mi
generación, especialmente sobre aquellos que, como yo, acabarían
ganándose la vida viajando con su imaginación al infinito y más
allá. No hablaré de la siguiente trilogía, no solo por ser una
continuación decepcionante -su único logro es haber creado al
secundario cómico más cargante del cine, el despreciado Jar Jar
Binks-, sino por haber pasado absolutamente "desapercibida" en una
época donde los jóvenes conviven con naturalidad con la fantasía,
que los bombardea desde los videojuegos, las series de televisión y
el cine. Pero para quienes hoy tenemos entre treinta y cincuenta
años, <em>Star Wars</em> fue algo nuevo. Algo distinto,
revolucionario, brutal. Fue una película que nos marcó, que
ensanchó nuestra imaginación, y a muchos nos encarriló hacia
nuestro destino.</p>

<p>&nbsp;</p>

<p><img src="/media/5667570/starwars1_500x333.jpg"  width="500"  height="333" alt="Starwars1" style="display: block; margin-left: auto; margin-right: auto;"/></p>

<p>&nbsp;</p>

<p>Cuando <em>La guerra de las galaxias</em> se estrenó yo tenía
nueve años. Y teniendo en cuenta que en aquella época las películas
llegaban a mi ciudad con bastantes meses de retraso, lo más
probable es que la viera después de haber cumplido los diez. Fuera
como fuese, lo cierto es que de los pocos recuerdos que conservo de
mi infancia -mi memoria es un coladero-, uno de los más nítidos
corresponde al día en que mi padre me llevó a ver las correrías
estelares de los caballeros jedi.</p>

<p>Por aquel entonces, aunque ya había ido algunas veces al cine,
aún seguía pareciéndome un ritual de adultos, supongo que porque
eran ellos quienes nos llevaban e incluso quienes nos ilustraban
sobre la película que veríamos, como si fuera un secreto más del
mundo de los mayores. No recuerdo cómo me anunció mi padre que
íbamos a ver <em>La guerra de la galaxias</em>, pero sí recuerdo
perfectamente la muchedumbre que se arracimaba en la puerta del
cine, recorrida por un calambre de expectación, pues de la capital
habían llegado rumores de que aquella película era algo fuera de lo
común. Lógicamente, aquella excitación no tardó en poseerme también
a mí. ¿Qué diablos iba a ver? Pero a la excitación que me
despertaba la película, había que sumar la que me producía el
propio acto de ir al cine, y además a la sesión nocturna. La
oscuridad lo envolvía todo de cierto aire sacramental,
convirtiéndolo en una aventura misteriosa y colectiva, una especie
de verbena clandestina.</p>

<p>Por aquellos años en mi ciudad habría cinco o seis cines, y
recuerdo que <em>Star Wars</em> la proyectaban en el Teatro
Principal, que como puede deducirse por su nombre era un teatro
reconvertido en cine. Tenía una enorme sala en la que un océano de
incómodas butacas abatibles se extendía ante un escenario sobre el
que colgaba la pantalla, presta a iluminarse cuando se descorría el
telón, un cortinaje granate que había sobrevivido a la
remodelación. Sobre la mitad trasera de la vasta sala pendía una
especie de placo con más butacas, al que todos se referían como "el
gallinero". Hasta entonces yo nunca había subido allí. Siempre
habíamos encontrado sitio en la sala y, debido a que mi padre me
había advertido que no escogiera nunca la fila de butacas que se
encontraba justo debajo del gallinero, si no quería quedar
irremediablemente expuesto a una lluvia de cáscaras de pipas, la
idea que yo me había formado de la planta superior era la de un
lugar misterioso donde se sentaban jóvenes irreverentes y bregados
en la vida, quienes veían la película de turno distraídamente,
mientras charlaban de sus cosas e intercambiaban carcajadas. Mi
imaginación era demasiado ingenua para imaginar entretenimientos
más adultos.</p>

<p>&nbsp;</p>

<p><img src="/media/5667575/starwars2.jpg.jpeg" width="432" height="348" alt="Starwars 2.jpg" style="display: block; margin-left: auto; margin-right: auto;"/></p>

<p>&nbsp;</p>

<p>Pero la noche del estreno de <em>Star Wars</em> la sala estaba
repleta, así que mi padre me condujo hasta el gallinero. Y allí
subí yo, con las rodillas temblorosas y la sensación de aventurarme
en un reino prohibido, gobernado por Dios sabía qué leyes. Me
sorprendió cruzarme por las escaleras con rostros conocidos, con
los dueños de las tiendas que formaban parte de mi paisanaje
diario, arrastrados también allí por los rumores provenientes de la
capital. Nadie, fuera o no aficionado al cine, quería perderse
aquello. La película estaba empezando, ya sonaba la atronadora
banda sonora de John Williams, y a tientas nos acomodamos en un par
de butacas libres, sorteando bultos oscuros que murmuraban entre
ellos en actitud de recogimiento, como si rezaran el rosario.</p>

<p>Una cascada de letras amarillas inundaba la pantalla,
advirtiendo con desfachatez a los incrédulos espectadores que
aquella historia no empezaría por el principio, si no por el
capítulo cuarto. Qué rayos. Sin duda iba a ser algo fuera de lo
común.</p>

<p><a href="/autores/autores-destacados/4257-felix-j-palma/">Félix
J. Palma</a></p>

<p>&nbsp;</p>

<p>&nbsp;</p>

<p><span style="font-size: xx-small;">anikaentrelibros no se hace
responsable del uso de imágenes de los blogueros a partir del
momento en que informa que sólo deben utilizarse aquellas libres de
copyright, con permiso o propias del autor</span></p>
]]></description></item><item><title>Adiós, Marcelo. Un microrrelato</title><link>http://anikaentrelibros.com/blogs/felix-j-palma/2014/5/23/adios,-marcelo-un-microrrelato/</link><pubDate>Fri, 23 May 2014 00:00:00 GMT</pubDate><guid>http://anikaentrelibros.com/blogs/felix-j-palma/2014/5/23/adios,-marcelo-un-microrrelato/</guid><description><![CDATA[ 
<p style="text-align: center;">ADIOS, MARCELO. UN MICRORRELATO</p>

<p style="text-align: center;">&nbsp;<span
style="line-height: 1.5;">Félix J. Palma</span></p>

<p style="text-align: center;">&nbsp;</p>

<p>Dado que todo el mundo me considera el mejor amigo del célebre
actor Marcelo Feltrinelli, a nadie le extrañará que me hayan
encargado esta nota póstuma. Pero estoy seguro de que les
sorprenderá oír que desde hace exactamente diez <img src="/media/5653180/micro-hollywood.jpg" width="139" height="293" alt="Micro -hollywood" style="float: right;"/>años yo ya sabía que Feltrinelli acabaría
suicidándose en la ceremonia de los Oscar, tras haber recibido una
estatuilla honorífica a toda su carrera. Sabía incluso que lo haría
ingiriendo cianuro, después de dedicar un brindis a la platea. Y lo
sabía mucho antes de que él mismo sospechara que acabaría
matándose, en directo y con smoking.</p>

<p>Podía intervenir el azar, por supuesto, y lograr con su mano de
nieve que Marcelo descarrilara de la vía que lo conducía lentamente
hacia su destino. Pero en las obras de ficción los hechos azarosos
nunca son bienvenidos, y la vida de Marcelo hacía mucho que se
había convertido en una ficción gracias a mí.</p>

<p>Cuando Marcelo y yo nos conocimos a finales de los setenta los
dos éramos un par de don nadies. Él era un actor emigrado que daba
tumbos por los escenarios más cochambrosos de Nueva York en busca
del papel de su vida y yo un aspirante a director que había
conseguido un presupuesto irrisorio para financiar su primera
película. Por decirlo de forma poética: éramos como esos elementos
que al mezclarse por accidente dan como resultado un precipitado
inesperado destinado a revolucionar el mundo. Cuando acepté que
aquel muchacho flaco y anguloso, como tallado a navaja, fuese el
protagonista de mi película, no estaba sino haciendo historia. El
éxito de nuestra película fue desmesurado e inauguró una
colaboración profesional que duró trece años, arrojando un saldo de
nueve filmes, la mayoría premiados en alguna parte, victoreado en
algún festival, hasta que Marcelo decidió abandonar el cine para
vivir su propia vida. Nadie, ni siquiera yo, entendió por qué se
retiraba en la cima de su <img src="/media/5653185/micro-hollywood2.jpg" width="287" height="323" alt="Micro -hollywood2" style="float: left;"/>carrera, pero lo hizo.
Cosa de genios, me dije, como si con esa frase tan insatisfactoria
pretendiera archivar el asunto.</p>

<p>Tres meses después, sin embargo, se presentó en mi casa. Yo me
encontraba en el jardín, y lo contemplé bordear la piscina como un
sonámbulo. Fiel a su carácter, me expuso el problema sin rodeos.
Había interpretado con éxito todos los papeles imaginables: había
quemado Roma, le habían amputado una pierna en un sucio hospital de
campaña, había repelido él solo una invasión alienígena, había
muerto en la cruz. Pero no sabía interpretarse a sí mismo. Carecía
de imaginación. "Dirige mi vida", me suplicó mirándome a los ojos.
Los dos sabíamos que aceptaría: siento debilidad por los desafíos.
Firmé un contrato de diez años, y durante ese tiempo, no sólo le
diseñé una vida de película, excesiva e intensa, sino que lo
sobredimensioné como personaje, le di matices. Marcelo, por su
parte, realizó la mejor interpretación de su vida. Ya no había
cámaras, pero los periódicos se encargaron de inmortalizar las
escenas más memorables, como cuando empotró su deportivo contra
aquella fuente, acompañado por dos putas enanas. Cuando le entregué
el frasquito de cianuro -lo único que podía burlar la seguridad del
Teatro Kodak-, incluso sonrió ante lo acertado del colofón: la
vejez de un astro puede ser plácida, pero nunca es digna. Mejor
retirarse a tiempo.</p>

<p>Desgraciadamente, cuando todo esto se sepa, lo que yo recibiré
por mi extraordinario trabajo no será el Oscar a la Mejor
Dirección, ¿no creen?</p>

<p><a href="/autores/autores-destacados/4257-felix-j-palma/">Félix
J. Palma</a>&nbsp;</p>

<p>&nbsp;</p>

<p>&nbsp;</p>

<p><span style="font-size: xx-small;">anikaentrelibros no se hace
responsable del uso de imágenes de los blogueros a partir del
momento en que informa que sólo deben utilizarse aquellas libres de
copyright, con permiso o propias del autor</span></p>
]]></description></item><item><title>El paciente</title><link>http://anikaentrelibros.com/blogs/felix-j-palma/2014/5/9/el-paciente/</link><pubDate>Fri, 09 May 2014 00:00:00 GMT</pubDate><guid>http://anikaentrelibros.com/blogs/felix-j-palma/2014/5/9/el-paciente/</guid><description><![CDATA[ 
<p style="text-align: center;">EL PACIENTE</p>

<p style="text-align: center;">Félix J. Palma</p>

<p>&nbsp;</p>

<p><span style="line-height: 1.5;">Con el paso del tiempo, las
distintas partes involucradas en el proceso de creación de un
libro, desde las Musas hasta los impresores, hemos acabado
aceptando que la literatura forma parte de una industria. Eso
significa que las novelas que escribimos en la íntima soledad de
nuestro estudio, donde volcamos nuestras obsesiones e impresiones
sobre el mundo, son valoradas una vez abandonan nuestras manos como
productos de consumo, cuya rentabilidad llega a ser mucho más
importante que su calidad. Debido a ello, las novelas que antaño
pretendían ser un medio de conocimiento, que anhelaban desentrañar
el misterio de la vida, han mutado en otro tipo de novelas que
aspiran principalmente a entretener al lector, a hacerles pasar un
buen rato, lo cual hoy en día es casi más difícil que responder a
las preguntas que atormentan al ser humano desde su nacimiento,
pues el libro ha de competir con los videojuegos o los blockbuster
cinematográficos, entre otras alternativas de ocio.</span></p>

<p>Pero por mucho que la ninguneen los escritores que no la
practican y los críticos de los suplementos literarios donde no
tienen cabida, esta "nueva" novela de entretenimiento no deja de
ser heredera de la novela por entregas que en su día practicaron
Conan Doyle, Julio Verne o Stevenson. Y entre los numerosos autores
que hoy la cultivan en nuestro país destaca por meritos propios <a
href="/autores/autores-destacados/4262-juan-gomez-jurado/">Juan
Gómez-Jurado</a>, capaz de aplicar su fórmula con sorprendente
habilidad, logrando que trascienda sus propios límites.</p>

<p>&nbsp;</p>

<p><img src="/media/5643237/_juangomezjurado1_40b174c3.jpg" width="467" height="268" alt="_juangomezjurado 1_40b 174c3" style="display: block; margin-left: auto; margin-right: auto;"/></p>

<p>&nbsp;</p>

<p>La lectura de "<a
href="/resenas/destacados-adultos/el-paciente/">El paciente</a>",
su último trabajo, es lo más cercano a ver una película que he
podido experimentar hasta el momento sin tener que ir al cine o
agacharme para poner un DVD. Resulta evidente que Gómez-Jurado
tenía muy claro lo que quería lograr, y hace tiempo que no me
encontraba con una historia que consiguiera sus objetivos con tanto
éxito. Narra el perturbador dilema al que debe enfrentarse el
prestigioso neurocirujano David Evans, que para salvar a su hija de
morir en manos de un psicópata, deberá impedir que su próximo
paciente, nada menos que el presidente de Estados Unidos, salga
vivo de su quirófano. Y lo hace con un ritmo trepidante,
sacrificando en el camino las digresiones y descripciones que
usaba, por ejemplo, en <a href="/la-leyenda-del-ladron">"La leyenda
del ladrón</a>", que aquí resultarían un lastre, y centrándose en
la acción pura, creando con un puñado de reflexiones oportunas la
tensión necesaria para enganchar al lector durante las 63
frenéticas horas que dura la aventura contrarreloj del doctor
Evans.</p>

<p>&nbsp;</p>

<p><img src="/media/5643242/portada-el-jurado.jpg" width="360" height="529" alt="Portada -el -jurado" style="display: block; margin-left: auto; margin-right: auto;"/></p>

<p>&nbsp;</p>

<p>La detallada ambientación y los continuos giros de la trama
crean la ilusión de que la novela parece escrita por un autor
norteamericano, al que no cuesta imaginar tomándose una cerveza con
Stephen king en alguna taberna de Maine. Se trata de una novela
porosa que adsorbe los iconos más reconocibles de nuestra cultura
pop, que maneja con eficacia los personajes arquetípicos, como
Kate, la cuñada del protagonista -cuya fragilidad tanto recuerda a
la Carrie Mathison de <em>Homeland</em>-, y que usa nuestra
condición de espectadores de cine para jugar a su favor. En cierto
momento, <a
href="/autores/autores-destacados/4262-juan-gomez-jurado/">Gómez-Jurado</a>&nbsp;incluso
nos dice que el villano de la historia tiene la jeta de Ewan
McGregor (aunque yo no podía dejar de imaginármelo como Paul
Bettany). En definitiva, <span>"</span><a
href="/resenas/destacados-adultos/el-paciente/">El
paciente</a><span>"</span>&nbsp;es como ir al cine sin tener que
pagar la desorbitada suma que hoy cuesta la entrada. Las palomitas
son opcionales.</p>

<p><a href="/autores/autores-destacados/4257-felix-j-palma/">Félix
J. Palma</a></p>

<p>&nbsp;</p>

<p><span style="font-size: xx-small;">&nbsp;</span></p>

<p><span style="font-size: xx-small;">anikaentrelibros no se hace
responsable del uso de imágenes de los blogueros a partir del
momento en que informa que sólo deben utilizarse aquellas libres de
copyright, con permiso o propias del autor</span></p>
]]></description></item><item><title>Réquiem por la máquina de escribir</title><link>http://anikaentrelibros.com/blogs/felix-j-palma/2014/4/24/requiem-por-la-maquina-de-escribir/</link><pubDate>Thu, 24 Apr 2014 00:00:00 GMT</pubDate><guid>http://anikaentrelibros.com/blogs/felix-j-palma/2014/4/24/requiem-por-la-maquina-de-escribir/</guid><description><![CDATA[ 
<p>&nbsp;</p>

<p style="text-align: center;">RÉQUIEM POR LA MÁQUINA DE
ESCRIBIR</p>

<p style="text-align: center;">Félix J. Palma</p>

<p>&nbsp;</p>

<p>Ayer volví a ver <em>Mísery</em>, algo que hago cada cierto
tiempo porque es una de mis películas favoritas. Y nuevamente volví
a irme a la cama pidiéndole a Dios no encontrarme nunca en la misma
situación que Paul Sheldon, su protagonista. No me refiero a tener
que escribir una novela bajo la supervisión de una enfermera
trastornada aficionada a troncharte los tobillos con un mazo, sino
a tener que escribir una novela en una máquina de escribir.</p>

<p>&nbsp;</p>

<p><img src="/media/5628610/misery.jpg" width="500" height="280" alt="Misery" style="display: block; margin-left: auto; margin-right: auto;"/></p>

<p>&nbsp;</p>

<p>Hoy en día estamos tan acostumbrados a los ordenadores que nos
cuesta recordar que hubo un tiempo en el que no existían. Hasta los
catálogos de Ikea colocan uno falso en sus modernos escritorios,
como si fuera un elemento imprescindible para la armonía de sus
hogares de laboratorio. Pero existió una época donde las mesas de
los catálogos mostraban una extensión baldía, apenas salpicada por
un cartapacio, un bote con bolis y una lamparita, y en aquella
época remota e inhumana los escritores confeccionaban sus obras
aporreando las teclas de una máquina de escribir. Reconozco que
escribir novelones como "El mapa del tiempo" o "El mapa del cielo",
que exigen tantas revisiones, tantos trasvases de escenas de un
lugar a otro y tantas rectificaciones de datos, me habría resultado
una labor ímproba de no poder recurrir al "cortar y pegar" y demás
trucos del Word. Solo pensar en haber tenido que escribirlas en una
máquina de escribir me llena de pavor. Casi preferiría que Kathy
Bates me machacara los tobillos con su mazo, la verdad.</p>

<p>Pero hubo un tiempo en que yo también aporreé las teclas de una
de esas máquinas. Mis primeros relatos los escribí en una enorme
que había en mi casa, un trasto pesadísimo de color gris paloma que
dormitaba en algún armario, cubierto con una funda, como si se
tratara de un lamborllini. Aunque únicamente la usaba para
mecanografiar el relato una vez escrito a mano. Escribirlo
directamente en ella se me antojaba una empresa poco menos que
suicida. Aún conservo algunos de los manuscritos de aquellos
relatos primerizos, seis o siete folios grapados, abarrotados de
una letra un tanto ilegible, llenos de inmisericordes tachaduras,
flechas retorcidas y culebreantes anotaciones a los márgenes.
Mecanografiar aquello debía de ser algo parecido a desencriptar un
mensaje secreto, pero era el único modo de escribir que conocíamos,
ya que el ordenador ni siquiera era todavía una presencia insinuada
en el horizonte. No lo recuerdo con exactitud, pero supongo que
incluso aceptaba con naturalidad que si alguna vez me decidía a
escribir una novela, tendría que hacerlo en aquel trasto. Por
suerte, por aquel entonces yo no era tan ambicioso. Debió de ser
más o menos en esa <img src="/media/5628615/misery1.jpg" width="270" height="234" alt="Misery1" style="float: left;"/>época cuando coincidí en un autobús
con un tipo que había escrito una novela erótica para presentarla
al premio hoy extinto La sonrisa vertical. No recuerdo dónde se
dirigía aquel autobús, ni el nombre del sujeto, pero nunca olvidaré
el aspecto del manuscrito que me enseñó. Mientras me desmenuzaba la
trama, yo miraba con ojos espantados aquel engendro que había
exhumado de su maletín, un manojo de folios torpemente cosidos en
los que el "cortar y pegar" de hoy era exactamente eso: los
párrafos dados por buenos habían sido recortados y pegados en otras
páginas para evitar nuevos mecanografiados, dando como resultado un
tocho lleno de crujientes remiendos que daba pena leer, y que
desanimaba a cualquiera a emprender la escritura de una novela.
Hace unos meses oí que el manuscrito de "Cien años de soledad" era
algo parecido. Nuestro querido Gabo incluso había añadido párrafos
escritos en esparadrapo. Bueno, qué otra cosa podían hacer aquellos
escritores preordenador.</p>

<p>Tras la máquina de escribir, mi padre nos compró a mí hermano y
a mí, que empezábamos a mostrar inquietudes literarias, un extraño
cacharro que era una máquina eléctrica pero con memoria, una
memoria de pez, pues solo daba para ocho páginas. Es decir, podías
escribir un relato y verlo a través de una pantallita estrecha y
diminuta, corregir lo que quisieras e imprimirlo solo cuando
estuviera terminado, introduciendo los folios como en un teletipo.
Aquel trasto era mucho más cómodo que su antecesor, pero tenía una
desventaja: no podías escribir relatos de más de ocho páginas.</p>

<p>Unos años después, los ordenadores empezaron la tímida invasión
de nuestros hogares. El primero en llegar a mi casa fue una de
aquellas antiguallas sin sistema operativo, que en vez de la
imitación de papel que ofrece el Word, ponía ante tus ojos una
aterradora pantalla negra, como un firmamento sin estrellas, donde
las letras iban apareciendo con un ligero brillo dorado, como
escupidas por Campanilla. Fui incapaz de escribir nada coherente
allí, intimidado como estaba ante aquel alarde tecnológico que mis
dedos no creían merecer. Un par de años después, tuvimos el primer
ordenador con Windows, y en él fue donde escribí muchos de los
cuentos que con los años reuniría en "El vigilante de la
salamandra". Pero durante bastante tiempo algo me impedía
escribirlos directamente en el ordenador. Seguía haciéndolo en
papel, y utilizaba el ordenador para mecanografiar la versión
definitiva, como una máquina de escribir sofisticada. Supongo que
el transito de la máquina de escribir al ordenador no podía
realizarse de un modo natural. Al principio, cualquier frase que
escribía directamente en la pantalla me parecía buena per se,
simplemente por lo bien que quedaban aquellas letras de molde sobre
el blanco del ficticio papel, y yo estaba acostumbrado a cincelar
cada frase hasta que musicalmente sonaran bien. Gracias a Dios fue
una sensación que logré vencer con el tiempo, y desde entonces todo
lo tecleo directamente en el ordenador, tanto es así que mi letra
se ha deformado hasta convertirse en un puro garabato por falta de
uso. Sé que hay escritores que aún escriben a mano, surcando sus
blancos cuadernos con pluma, pero yo hace tiempo que cambié lo
romántico por lo práctico.</p>

<p>&nbsp;</p>

<p><img src="/media/5628620/misery2.jpg" width="500" height="321" alt="Misery2" style="display: block; margin-left: auto; margin-right: auto;"/></p>

<p>&nbsp;</p>

<p>Si mi vida tuviera la coherencia de una película americana,
algún día, ordenando el desván, volvería a encontrarme con aquella
vieja máquina de escribir. Pero mi vida es tan deslavazada y
contradictoria como cualquier existencia real, y no tengo la menor
idea de dónde estará aquel cacharro, de cuál habrá sido el destino
de aquella máquina con cuyas teclas, sin ninguna ceremonia, compuse
la primera palabra de las muchas que teclearía a lo largo de mi
vida.&nbsp;</p>

<p><a href="/autores/autores-destacados/felix-j-palma/">Félix J.
Palma</a></p>

<p>&nbsp;</p>

<p>&nbsp;</p>

<p><span style="font-size: xx-small;">anikaentrelibros no se hace
responsable del uso de imágenes de los blogueros a partir del
momento en que informa que sólo deben utilizarse aquellas libres de
copyright, con permiso o propias del autor</span></p>
]]></description></item><item><title>201: La Odisea espacial de David Roas</title><link>http://anikaentrelibros.com/blogs/felix-j-palma/2014/4/11/35534-201--la-odisea-espacial-de-david-roas/</link><pubDate>Fri, 11 Apr 2014 00:00:00 GMT</pubDate><guid>http://anikaentrelibros.com/blogs/felix-j-palma/2014/4/11/35534-201--la-odisea-espacial-de-david-roas/</guid><description><![CDATA[ 
<p style="text-align: center;">201: LA ODISEA ESPACIAL DE DAVID
ROAS</p>

<p style="text-align: center;">Félix J. Palma</p>

<p>&nbsp;</p>

<p>El escritor <a href="/autores/d/david-roas/">David Roas</a> es
el juguete favorito del azar. Si no, no se entiende que recibiera
el mismo número de habitación cuatro noches seguidas en cuatro
hoteles distintos de cuatro ciudades diferentes. Y que esa
¿maldición? aún persista, que <img src="/media/5489430/201.jpg" width="269" height="376" alt="201" style="float: left;"/>lo persiga por las ciudades de España e incluso
cruce fronteras, acompañándolo a la lejana Lima. La misma
habitación. Siempre. La habitación 201.</p>

<p>¿Qué hacer, entonces, a modo de exorcismo? Roas lo tiene claro,
y junto al escritor limeño José Donayre, deciden invitar a 201
amigos escritores a visitar la habitación 201. Su misión: contar lo
que les suceda en su interior en no más de 201 palabras. Tdo un
desafío mental y físico.</p>

<p>Y sus amigos nos ponemos a ello, intentando romper la maldición
que no se sabe quién ha derramado sobre Roas, convirtiéndole en el
personaje de un cuento fantástico. En el primer volumen del
proyecto, nos apretamos una primera avanzadilla de 99 escritores
-en el segundo vendrán los 102 escritores que faltan para alcanzar
la mágica cifra-, dispuestos a traspasar la puerta de la 201.
Aunque no todos los escritores nos atrevemos a entrar. Yo, por
ejemplo, finalizo mi historia justo antes de abrir la puerta. Pero
no soy el único. <a
href="/autores/autores-destacados/santiago-eximeno/">Santiago
Eximeno</a> tampoco se atreve, aunque él al menos sabe qué le
espera dentro, como narra en el estremecedor "Instantánea". Otros,
sencillamente, no encuentran la habitación, como Eduardo Berti, que
tras regresar con una botella de champán para celebrar su noche de
bodas, descubre que ha desaparecido, con todas sus pertenencias
dentro. Tampoco da con ella Diego Prado, que acaba vagando por un
pasillo interminable lleno de habitaciones 201, mientras intenta
encontrar la cerradura a la que corresponde su llave. E Isabel
González ni siquiera encuentra el hotel, pues en su lugar han
construido un Burger King. <img src="/media/5489435/david_roas.jpg" width="276" height="396" alt="David _Roas" style="float: right;"/>Otros, en cambio, lo que no pueden es
salir de la habitación, como <a
href="/autores/autores-destacados/fernando-iwasaki/">Fernando
Iwasaki</a> en "Check out", o la heroína de Juan Carlos Townsend en
"201".</p>

<p>Pero, ¿qué encuentran dentro quienes se atreven a entrar,
incluido el propio Roas, al que Manuel Moyano convierte en el
protagonista de su cuento? Pues todo lo que cabe entre la realidad
y lo irreal, entre el sueño y la vigilia. Tras tenderse en la cama
de la 201 de un hotel de Adrogué, <a
href="/autores/j/juan-jacinto-munoz-rengel/">Juan Jacinto Muñoz
Rengel</a> no deja de caer de habitación en habitación, recorriendo
todas las ciudades del mundo en una caída interminable, mientras el
escritor que ocupa la del relato de <a
href="/autores/j/jose-maria-merino/">José María Merino</a> se ve
obligado a repetir una y otra vez la misma conferencia, atrapado en
su particular día de la marmota. La limpiadora del cuento de Miguel
Antonio Chávez, por su parte, siempre encuentra el fantasma de un
suicida con un agujero de bala en la frente. Y en el cuento de <a
href="/autores/autores-destacados/patricia-esteban-erles/">Patricia
Esteban Erlés</a>, el verdadero huésped de la habitación espera a
su presa entre los espejos del armario. Por desgracia Roas, el gran
paladín de la literatura fantástica, solo se da de bruces con la
maldita realidad, y eso que perdemos todos.</p>

<p>Yo que ustedes me haría con esta original antología, peñada de
relatos que van del clasicismo al surrealismo, del terror a la
sátira, del guiño al género al ejercicio de estilo, aunque no se me
ocurriría leerla en la 201.</p>

<p>Para abrirles el apetito, les dejo el cuento más corto de la
antología, firmado por <a href="/autores/o/oscar-sipan/">Óscar
Sipán</a>:</p>

<p>"Los oigo copular a todas horas, tras la pared de la habitación
201.</p>

<p>Quizás debí emparedarlos por separado".&nbsp;</p>

<p><a href="/autores/autores-destacados/felix-j-palma/">Félix J.
Palma</a></p>

<p>&nbsp;</p>

<p>&nbsp;</p>

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