<?xml version="1.0" encoding="UTF-8"?><rss version="2.0" xmlns:content="http://purl.org/rss/1.0/modules/content/" xmlns:wfw="http://wellformedweb.org/CommentAPI/" xmlns:dc="http://purl.org/dc/elements/1.1/" xmlns:rssdatehelper="urn:rssdatehelper"><channel><title>Félix J. Palma</title><link>http://anikaentrelibros.com</link><pubDate>2014-02-28T10:38:21</pubDate><generator>umbraco</generator><description>Juego de palabras</description><language>en</language><item><title>El juego vuelve</title><link>http://anikaentrelibros.com/blogs/felix-j-palma/2014/1/24/34690-el-juego-vuelve/</link><pubDate>Fri, 24 Jan 2014 00:00:00 GMT</pubDate><guid>http://anikaentrelibros.com/blogs/felix-j-palma/2014/1/24/34690-el-juego-vuelve/</guid><description><![CDATA[ 
<p>&nbsp;</p>

<p>Cada vez que escucho a alguien despotricar sobre las redes
sociales me acuerdo de la gente que hace unos años despotricaba
sobre los móviles, y vuelvo a pensar lo mismo: que nada es bueno ni
malo, sino que todo depende del uso que hagamos de ello. Para mí,
las redes sociales han sido un regalo inesperado, pues me permiten
mantener contacto regular con mis lectores e incluso ponerles
rostro (o a su superhéroe favorito, dependiendo la de foto que
ilustre su perfil). Antes dicho contacto casi no existía,
reduciéndose a los encuentros atropellados y fugaces de las firmas
de libros. Por eso creo que para los escritores, e imagino que para
otros gremios dedicados al arte, inventos como Facebook o Twitter
son algo enriquecedor. Pero no es el único regalo que nos ha dado
internet. Están también los foros literarios, donde nuestros
anónimos lectores hablan de nuestros libros. Ah, lo foros. ¿Qué
escritor ha podido resistirse a la tentación de infiltrarse en uno
de esos sitios para descubrir qué opinan de su trabajo? Yo lo hago
con frecuencia. Me meto en uno de esos foros y asisto como mudo y
fascinado testigo a la disección que un grupo de lectores, armados
con el descarnado bisturí de la sinceridad, hace de mis novelas o
mis cuentos, y tomo nota mental de lo que les gusta y de lo que no.
Descubro, en fin, los aciertos y errores de un trabajo en el que
uno pone lo mejor de sí mismo guiado únicamente por la brújula de
su intuición. Mientras diseñaba la tercera parte de mi trilogía
victoriana, por ejemplo, me dejé caer por muchos foros, atento a
las opiniones de mis lectores sobre cómo podrían continuar las
aventuras de Wells, Murray y Cía.</p>

<p>&nbsp;</p>

<p><img src="/media/5354493/sherlock.jpg" width="450" height="315" alt="Sherlock" style="display: block; margin-left: auto; margin-right: auto;"/></p>

<p>&nbsp;</p>

<p>He pensado en todo esto al ver el primer episodio de la tercera
temporada de Sherlock. Como la mayoría sabéis -y si no, no sigáis
leyendo, pues se avecina una avalancha de spoilers-, Moffat y
Gatiss, los artífices de la serie, acabaron la segunda temporada
con un cliffhanger memorable, de esos que parecen imposibles de
continuarse: Sherlock saltaba al vacío desde el tejado de un
edificio y se estampaba contra el suelo ante los atónitos ojos de
Watson. "No apartes la vista de mí", le decía antes de saltar y
descender hacia el suelo con el icónico abrigo hondeando al viento
como una capa.</p>

<p>&nbsp;</p>

<p>En la novela <em>Misery</em>, <a
href="/autores/s/stephen-king/#.UuIycdK0p-U">Stephen King</a>
reflexionaba sobre los distintos modos de salvar un cliffhanger.
Paul Sheldon, el escritor protagonista, debía revivir a la heroína
Misery si no quería que su trastornada enfermera le rompiera algo
más que los tobillos, y en tan peliagudo trance, recordaba un juego
con el que entretenía los veranos de su infancia. Se llamaba
"¿Puedes?", y en él quince o veinte chiquillos se sentaban en
círculo alrededor de un monitor, que comenzaba una historia hasta
dejar al personaje en una situación extrema, para que uno de los
chavales lo sacara de allí usando su ingenio. Y solo había dos
maneras de lograrlo: haciendo trampas, es decir, colocando más
lejos el tren que estaba a punto de atropellar a la chica, para que
esta pudiese desatarse en el último segundo, o decepcionando a la
audiencia con una resolución cogida por los pelos, pues hay
situaciones que no pueden resolverse sin defraudar nuestras
expectativas.</p>

<p>&nbsp;</p>

<p><img src="/media/5354488/sherlock2.jpg" width="450" height="246" alt="Sherlock2" style="display: block; margin-left: auto; margin-right: auto;"/></p>

<p>&nbsp;</p>

<p>En el episodio <em>La caída de Reichenbach</em>, el guionista
del equipo de Moffat colocó a Sherlock en una de ellas, remedando
el final de <em>La solución final</em>, el relato de <a
href="/autores/a/arthur-conan-doyle/#.UuIyuNK0p-U">Arthur Conan
Doyle</a> de 1893 en el que se inspira. En ese cuento, harto de la
asfixiante popularidad que había logrado su creación, impidiéndole
escribir obras más importantes, Doyle se deshizo de ella
arrojándola a las cataratas Reichenbach, que había visitado en un
reciente viaje a Suiza. Con semejante final, no es de extrañar que
mientras se rodaba la tercera temporada, los fans de la serie se
dedicaran a tejer toda suerte de teorías sobre cómo Sherlock había
burlado a la muerte. Medio planeta se puso a jugar al "¿Puedes?" de
King en los foros de internet, pues la manera en que el arrepentido
Doyle había rescatado de la muerte al famoso detective no servía
ahora. Repasaron una y mil veces el final del episodio, atentos a
todas las pistas que Moffat aparentemente había camuflado en el
tramo final: el ciclista, los médicos, el puesto de ambulancia…
porque sin duda cada una de ellas tenía una función, estaba ahí por
algo.</p>

<p>¿Y qué solución nos ha dado Moffat en <em>El coche fúnebre
vacío</em>? Todas y ninguna. Consciente también él de que cualquier
solución sería tramposa o decepcionante -¿un cable atado a la
cintura que no había estado ahí? ¿un hipnotizador? ¿el cadáver de
Moriarty con una máscara? ¿un colchón hinchable en el suelo? ¿una
pelotita de squash que le roba momentáneamente el pulso?-, ha
preferido no dar ninguna, rehusar su papel de demiurgo que todo lo
puede, y nos ha regalado un auténtico festival de especulaciones,
enhebrando en un episodio de montaje frenético todas las teorías
que han circulado por internet durante el tiempo de espera. Se lo
imagina uno fisgoneando en los foros, recopilando las decenas de
conjeturas, las coherentes y las disparatadas, como quien recoge la
cosecha, para mostrarlas luego de boca de los distintos personajes.
<em>El coche fúnebre vacío</em> es, por tanto, un episodio que no
solo está guionizado por su equipo, sino también por todos los fans
de la serie. Otro de los milagros que permite internet.</p>

<p>&nbsp;<span style="line-height: 1.5;">&nbsp;</span></p>

<p><a href="/autores/autores-destacados/felix-j-palma/">Félix J.
Palma</a>&nbsp;</p>

<p>&nbsp;</p>

<p>&nbsp;</p>

<p><span style="font-size: xx-small;">anikaentrelibros no se hace
responsable del uso de imágenes de los blogueros a partir del
momento en que informa que sólo deben utilizarse aquellas libres de
copyright, con permiso o propias del autor<span
style="line-height: 1.5;">&nbsp;</span></span></p>
]]></description></item><item><title>Noche de Reyes</title><link>http://anikaentrelibros.com/blogs/felix-j-palma/2014/1/10/noche-de-reyes/</link><pubDate>Fri, 10 Jan 2014 00:00:00 GMT</pubDate><guid>http://anikaentrelibros.com/blogs/felix-j-palma/2014/1/10/noche-de-reyes/</guid><description><![CDATA[ 
<p style="text-align: center;">NOCHE DE REYES</p>

<p style="text-align: center;">&nbsp;</p>

<p style="text-align: center;">Félix J. Palma</p>

<p>&nbsp;</p>

<p>(Atención spoilers)</p>

<p>De pequeños, mi padre se esforzó tanto en que creyésemos en la
existencia de los Reyes Magos que un año hasta los invitó a cenar.
Llegaron después de la cabalgata, tocados con coronas y turbantes
repujados de pedrería, haciendo tremolar sus mantos de armiño y sus
barbas blancas, arando la alfombra del salón con sus babuchas de
puntera rizada. Aparte de varios platos de jamón, queso y
aceitunas, mi padre había dispuesto para ellos tres sillas, y allí
se sentaron los magos tratando de no arrugarse las capas. Por aquel
entonces, yo debía rondar los ocho o nueve años, y los recuerdos
que tengo de aquella noche son bastante borrosos, pero hubo un
detalle que se grabó en mi mente para siempre: en cierto momento de
la velada, el rey Melchor se desentendió de la conversación sobre
los juguetes que nos traían, contempló su<br />
 copa de manzanilla con aire melancólico, y me confesó: "En nuestro
país el vino es azul".</p>

<p>Aquella información lanzada al desgaire despertó en mí el
sentido de la maravilla. Azul, como el mar, como el vestido de la
muñeca. En su país el vino era azul. Hasta entonces, yo había oído
que los Reyes Magos venían del lejano Oriente, un lugar<br />
 <img src="/media/5139876/reyesmagos.jpg" width="302" height="351" alt="Reyesmagos" style="float: left;"/>para mí
desconocido que ni siquiera sabía cómo imaginar, pero con esa
sencilla frase, el rey Melchor me invitaba a hacerlo. Aquellas
palabras apenas susurradas a través de la fronda de la barba, me
hicieron vislumbrar un país que no se semejaba a ninguno de los que
existían en nuestros mapas, sino que más parecía encontrarse en
otra dimensión o en otro planeta, porque si el vino era azul, las
frutas bien podían ser cuadradas, los animales podían hablar y las
ciudades podían estar construidas en cristal, de manera que nadie
pudiese guardar secretos.</p>

<p>Años después, cuando mis compañeros de colegio descubrieron que
los Reyes Magos eran los padres, yo me enteré que los reyes eran
los empleados de la tienda de mi padre, a los que aún no sé cómo
convenció para realizar aquella pantomima para sus hijos. Pero eso
no me asombró tanto como enterarme de que quien se disfrazó de
Melchor fue aquel hombrecillo menudo y desteñido que atendía a los
clientes con una cortesía funcionarial, usando siempre las mismas
frases hechas e intercalando los mismos chascarrillos sin gracia en
los mismos descosidos de la conversación. Era un hombre sin
misterio, al que se le trasparentaba una existencia rutinaria y un
poco sombría. Hoy todavía no sé si aquella frase iba dirigida a mí
o a sí mismo. Unos años después, mi padre cerraría la tienda, y yo
no volvería a ver más a aquel hombrecillo que una noche, mirando su
copa de manzanilla, soñó con un mundo distinto al que conocía,
donde el vino era azul, un mundo al que quizás le hubiese gustado
huir con la intención de empezar de nuevo, de desprenderse como un
animal de muda de esa vida monótona que lo asfixiaba. Quizás al
verse vestido con aquel atuendo de fantasía, rodeado de niños
boquiabiertos, quiso creerse su propia mentira, y decidió saltarse
el guión, no limitarse a despacharnos con el consabido relato de la
persecución en camello en pos de la estrella de oriente, sino
construir un mundo imposible donde por unos minutos creyó que
podría ser feliz, un lugar de cuento donde vivir mil aventuras,
donde matar dragones y rescatar doncellas en vez de vender
armarios.</p>

<p>Por eso ahora, cada vez que veo al concejal de turno arrojando
caramelos desde alguna carroza, emboscado en su luenga barba de
pega, no puedo evitar acordarme de aquel hombrecillo que me
obsequió con el regalo de la imaginación, el único presente de
todos cuantos recibí aquella noche que no acabó en alguna cuneta de
mi adolescencia, como el coche teledirigido o el fuerte comanche.
Un regalo que durará siempre. O al menos hasta que alguien me
invite a una copa de vino del color del mar.</p>

<p>&nbsp;</p>

<p><a href="/autores/autores-destacados/felix-j-palma/">Félix J.
Palma</a></p>

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<p>&nbsp;</p>

<p><span style="font-size: xx-small;">anikaentrelibros no se hace
responsable del uso de imágenes de los blogueros a partir del
momento en que informa que sólo deben utilizarse aquellas libres de
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</span></p>
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