<?xml version="1.0" encoding="UTF-8"?><rss version="2.0" xmlns:content="http://purl.org/rss/1.0/modules/content/" xmlns:wfw="http://wellformedweb.org/CommentAPI/" xmlns:dc="http://purl.org/dc/elements/1.1/" xmlns:rssdatehelper="urn:rssdatehelper"><channel><title>Félix J. Palma</title><link>http://anikaentrelibros.com</link><pubDate>2014-02-28T10:40:13</pubDate><generator>umbraco</generator><description>Juego de palabras</description><language>en</language><item><title>De caracoles y aliens</title><link>http://anikaentrelibros.com/blogs/felix-j-palma/2013/12/27/de-caracoles-y-aliens/</link><pubDate>Fri, 27 Dec 2013 00:00:00 GMT</pubDate><guid>http://anikaentrelibros.com/blogs/felix-j-palma/2013/12/27/de-caracoles-y-aliens/</guid><description><![CDATA[ 
<p>&nbsp;</p>

<p>Una de las preguntas que más suelen hacernos a los escritores
es: ¿por qué escribimos? Como si la razón se hallara en alguna
escena sumamente reveladora de nuestra infancia o adolescencia, en
algún suceso que nos marcó de tal modo que no nos dejó otro camino
para realizarnos que el de la escritura. A veces, creo que los
periodistas nos lo preguntan buscando un titular, invitándonos
amablemente a que les contemos algún acontecimiento peliculero,
algo moderadamente traumático que justifique lo que somos. Un
suceso, en fin, que lo explique todo. Pero sospecho que no hay nada
de eso. Los escritores no decidimos convertirnos en escritores de
la noche a la mañana. No creo que lo hagamos espoleados por un
hecho concreto, por un acontecimiento delimitado en el tiempo y que
no hemos podido olvidar. Creo que más bien decidimos hacerlo sin
darnos cuenta, por nacer con una cierta disposición a la
introspección o al recogimiento que luego nuestras circunstancias
vitales terminan puliendo. Es decir, nos hacemos escritores debido
a un rosario de sucesos e impresiones desperdigadas por nuestra
adolescencia, del que resulta muy difícil escoger una sola
cuenta.</p>

<p>Sin embargo, hay escritores que tienen muy claro qué suceso les
convirtió en escritores, sobre qué momento crucial de su juventud
se sustenta su vocación, y otros que probablemente se lo hayan
inventando para satisfacer a periodistas y lectores. Sea como
fuere, hay motivos verdaderamente novelescos. Una amiga me contó
una vez que ella escribía gracias a los caracoles. No se trataba de
que los simpáticos moluscos le trasmitieran telepáticamente lo que
tenía que escribir, o que se lo dictaran con sus vocecillas de
cuento. Se debía a que una vez, siendo niña, su abuela la había
llevado a recoger caracoles después de una tormenta. Tras la
recolección, dejaron la bolsa de plástico en la mesa de la cocina y
se fueron a hacer alguna otra cosa, pero cuando regresaron a la
habitación descubrieron que los caracoles habían huido de su
prisión de plástico en una fuga quieta. Y estaban por todas partes:
por las paredes, por el suelo, por las puertas de los muebles, como
incrustaciones de colores, una especie de pedrería fantástica que
alguien había engastado en la realidad. Fue querer describir esa
estampa tan onírica como atractiva lo que la convirtió en
escritora.</p>

<p>&nbsp;</p>

<p><img src="/media/5121876/caracoles.jpg" width="450" height="277" alt="Caracoles" style="display: block; margin-left: auto; margin-right: auto;"/></p>

<p>&nbsp;</p>

<p>Cuando me lo contó, no pude más que sentir envidia de que
alguien pudiera concretar su destino de escritor con una imagen tan
exacta. Yo, en cambio, no disponía de ninguna escena semejante con
la que contentar a los periodistas. Mi abuela siempre había echado
los caracoles a la olla enseguida, sin darle la oportunidad de
diseñar sus bellas constelaciones sobre los azulejos de la cocina.
Así que cuando me preguntaban por qué había decidido convertirme en
escritor, yo solo podía ofrecer respuestas tan generales como
sosas: que si la escritura era el único modo que tenía a mi alcance
de contar una historia, que si nada me gustaba más que emocionar a
otros con algo inventado por mí, y bla, bla, bla…</p>

<p>Pero hace unos días, encallado de nuevo en la pregunta de
marras, decidí dejarme de vaguedades y contestar con algo concreto,
con la imagen peliculera que el periodista me estaba implícitamente
demandando. Así que hice memoria, me obligué a bucear en mi pasado
para intentar encontrar la primera pista de que iba a convertirme
en escritor de las muchas que debía de haber diseminadas por mi
infancia. Y tropecé con un recuerdo que bien podía servirme.<span
style="line-height: 1.5;">&nbsp;</span></p>

<p>Yo tendría once o doce años. Por aquel entonces, mi padre
realizaba un viaje anual a la capital por cuestiones de trabajo, y
allí pasaba tres o cuatro días, tras los que volvía cargado de
regalos. Siempre eran juguetes, pero una vez trajo algo que no se
podía tocar: una historia. Había entrado en un cine y había visto
una de esas película de estreno que por aquellos años no llegaban a
nuestras salas de provincia, invadidas por los mamporros de Bruce
Lee y las correrías libidinosas de Jaimito, hasta mucho tiempo
después. Y le había entusiasmado tanto que no pudo resistirse a
contárnosla con minuciosidad y emoción, como un trovador de los de
antes. Era la historia de una nave de carga que, siguiendo una
señal de auxilio, aterrizaba en un planeta donde descubría unos
misteriosos huevos. Mientras la tripulación los estudiaba, uno de
<img src="/media/5121881/alien.jpg" width="254" height="315" alt="Alien" style="float: right;"/>ellos liberaba
una extraña criatura que se adhería como una macabra ventosa al
casco de uno de los oficiales, para algunas escenas después
provocarle la muerte surgiendo de su estómago en una estremecedora
erupción de sangre y tripas. Y mientras mi padre contaba la cacería
que tenía lugar a continuación por las tenebrosas entrañas del
carguero, mi imaginación iba traduciéndolo todo en imágenes,
incluido aquel bicho cuya sangre era ácido. Unos años después,
gracias a la irrupción del video doméstico, pude ver al fin aquella
película, pero pese a las fascinantes imágenes de Ridley Scott y
los inquietantes diseños de H. R. Giger, siempre preferiré las
escenas que transcurrieron en mi mente, exceptuando, claro, aquella
en la que la suboficial Ripley se quedaba en ropa interior para
ponerse el traje espacial, convirtiéndose de paso en uno de los
mitos eróticos de los ochenta.</p>

<p>No sé si existirá en mi pasado un momento anterior a aquel que
explique mejor lo que he acabado siendo, pero de momento no
recuerdo ninguno más viejo. Así que no resultaría descabellado
afirmar que me convertí en escritor aquel día en el que, metido en
la cama, me pasé toda la noche tratando de inventar una historia
tan emocionante como la que acababa de escuchar de labios de mi
padre. Era como si la literatura se hubiera adherido a mi cara y
navegara ya por mi interior, esperando el momento de irrumpir a
través de mi pecho convertida en vocación.</p>

<p>&nbsp;</p>

<p><a href="/autores/autores-destacados/felix-j-palma/">Félix J.
Palma</a></p>

<p>&nbsp;</p>

<p>&nbsp;</p>

<p><span style="font-size: xx-small;">anikaentrelibros no se hace
responsable del uso de imágenes de los blogueros a partir del
momento en que informa que sólo deben utilizarse aquellas libres de
copyright, con permiso o propias del autor&nbsp;</span></p>
]]></description></item><item><title>Volviéndome bueno</title><link>http://anikaentrelibros.com/blogs/felix-j-palma/2013/12/13/volviendome-bueno/</link><pubDate>Fri, 13 Dec 2013 00:00:00 GMT</pubDate><guid>http://anikaentrelibros.com/blogs/felix-j-palma/2013/12/13/volviendome-bueno/</guid><description><![CDATA[ 
<p>&nbsp;</p>

<p>Tras acabar mi última novela me he regalado el visionado de las
cinco temporadas completas de Breaking Bad, la serie de moda. Hay
algo excitante, diríase contra natura, en darse un atracón casi
ininterrumpido con una serie cuyos capítulos se emitieron antes
semanalmente. Te sientes poderoso, como si pudieras doblar el
tiempo a tu antojo, haciendo un alto solo cuando te lo exige la
fatiga mental o el entumecimento de los miembros. Ya no tienes que
morderte las uñas mientras se rueda la siguiente temporada, ni
exprimirte el cerebro para recordar los detalles olvidados. No, ya
no tienes que hacer nada de eso. Si algo de bueno tiene no haber
visto Breaking Bad cuando se estaba emitiendo y todo el mundo
hablaba de ella, es sin duda la borrachera de emociones que provoca
verla de un tirón. Y como no podía ser de otro modo, la he
disfrutado como un enano. Pero sobre todo creo que he recibido una
lección.</p>

<p>&nbsp;</p>

<p>Cualquiera que busque artículos y reseñas en Internet sobre
Breaking Bad encontrará montones de alabanzas, pues de esta serie,
como del cerdo, se celebra todo: la magistral evolución de sus
personajes -desde la lenta pero inevitable metamorfosis de Walter
White en Heisenberg hasta el vía crucis fisicomental de Jessy-, los
encuadres innovadores de las escenas, las set piece iniciales
-impagable el narcocorrido-, las carambolas y situaciones extremas
del guión, los empáticos paisajes de Alburquerque, incluso los
colores de la ropa de los actores o la música escogida, como la
canción Baby Blue de Badfinger que suena en la escena final,
pervirtiendo su significado. Al contrario que muchas series que se
agotan en sus primeras temporadas y luego empiezan a dar tumbos de
un lado a otro, como desgraciadamente es el caso de la tercera
temporada de Homeland -por no hablar de la malograda Heroes o la
improvisada Lost-, Breaking Bad conocía su destino. Vince Gilligan
-a quien tras este tour de force hay que colocar en el mismo podium
que Steven Moffat, el creador del Sherlock de la BBC-&nbsp; sabía
dónde quería ir desde el principio, sabía hasta dónde podía malear
a sus personajes, sabía cómo administrar la historia que había
construido en su cabeza. Y lo hizo con mano maestra, con un ritmo
cadencioso y milimétrico, haciendo que cada detalle reverberase en
los capítulos siguientes, tejiendo una red de sutilezas alrededor
del arco argumental como quien fabrica un hechizo. Un trabajo para
quitarse el sombrero, o para ponerse el de Heisenberg, pues sin
duda Gilligan nos ha regalado una de las mejores series que ha
emitido la televisión en décadas.</p>

<p>&nbsp;</p>

<p><img src="/media/5108649/breakingbad2-.jpg" width="450" height="252" alt="Breakingbad 2-" style="display: block; margin-left: auto; margin-right: auto;"/></p>

<p>&nbsp;</p>

<p>Pero de sus infinitas bondades, a mí lo que más me ha gustado ha
sido el modo en que Breaking Bad ha exprimido sus escenas, un
verdadero taller sobre cómo escribir ficción, sobre cómo construir
y hacer derivar a los personajes. Gilligan sabe lo que quiere
contar, sabe en cada momento en qué tipo de escena debe desembocar
la narración, pero en vez de ir directamente al grano, oh,
maravilla, se recrea, hace florituras en el área antes de tirar a
puerta, envuelve el núcleo dramático entre capas de comedia o
absurdo. Gilligan nos enseña a no tener prisa, a sacarle todo el
jugo a cada situación, a verla desde todos los ángulos posibles, o
lo que es lo mismo, con los ojos de todos los personajes implicados
en la escena. En fin, creo que mientras veía la serie y el gran
Walter White iba volviéndose malo capítulo a capítulo, yo me iba
volviendo mejor escritor. O eso espero.&nbsp;</p>

<p>&nbsp;</p>

<p><a href="/autores/autores-destacados/felix-j-palma/">Félix J.
Palma</a></p>

<p>&nbsp;</p>

<p>&nbsp;</p>

<p><span style="font-size: xx-small;">anikaentrelibros no se hace
responsable del uso de imágenes de los blogueros a partir del
momento en que informa que sólo deben utilizarse aquellas libres de
copyright, con permiso o propias del autor<span
style="line-height: 1.5;">&nbsp;</span></span></p>
]]></description></item><item><title>Besar con la mente</title><link>http://anikaentrelibros.com/blogs/felix-j-palma/2013/12/6/besar-con-la-mente/</link><pubDate>Fri, 06 Dec 2013 00:00:00 GMT</pubDate><guid>http://anikaentrelibros.com/blogs/felix-j-palma/2013/12/6/besar-con-la-mente/</guid><description><![CDATA[ 
<p>Hoy me acerco a este espacio para recomendaros un libro. Se
trata de una novela que me ha entusiasmado tanto que no quisiera
que ese entusiasmo se contagiara únicamente a las personas que
habitan en el perímetro de mi vida, sobre todo porque mi mujer ya
lo ha leído y el perro prefiere el ensayo. Me gustaría que se
transmitiera mucho más allá, por todo el <img src="/media/5068480/felix-danielglattauer.jpg" width="351" height="268" alt="Felix -danielglattauer" style="float: left;"/>planeta a ser posible, cual pandemia zombi, pues el
libro lo merece.</p>

<p>&nbsp;</p>

<p>Pero dejemos de hacernos los interesantes y desvelemos ya su
título: se trata de la novela "Contra el viento del norte", del
escritor austríaco <a href="/autores/d/daniel-glattauer/">Daniel
Glattauer</a>, uno de esos fenómenos editoriales de los que quienes
vamos de lectores avezados solemos desconfiar. Reconozco que es una
novela que jamás habría leído de no darse la feliz circunstancia de
que las navidades pasadas el bueno de Santa consideró oportuno
dejarme un Kindle en el calcetín de la chimenea. Hasta entonces yo
era uno de esos escritores que en las entrevistas aseguraban que
preferían el libro de papel al electrónico, para luego soltar un
discurso sentimentaloide sobre el tacto, el aroma y demás
sensaciones orgánicas que uno experimenta al acunar en las manos
uno de esos libros de toda la vida. ¿Me ha hecho cambiar de opinión
mi flamante Kindle? Mantengamos el misterio y dejemos la respuesta
a esa pregunta para otro post. A donde quería llegar es a que el
lector electrónico ofrece la posibilidad de descargarte una muestra
de cualquier libro antes de comprarlo, un pequeño adelanto que
suele contener tres o cuatro capítulos, los suficientes para saber
si va a gustarte o no. Eso nos permite realizar el hojeo que uno
lleva a cabo en las librerías tumbado cómodamente en el sofá en vez
de estorbando en un pasillo del Fnac o El Corte Inglés. En resumen,
leí aquella muestra con el presuntuoso alzamiento de cejas de quien
no va a dejarse engañar por los parabienes publicitarios… y acabé
adquiriendo el libro sencillamente porque tras leer aquel avance la
posibilidad de no comprarlo había dejado de existir, se había
desvanecido de todos los mundos paralelos en los que habito,
reproducido hasta el infinito. Había quedado irremediablemente
contagiado, y ahora no podía hacer otra cosa que ver cómo
evolucionaba la historia de amor epistolar de Leo y Emmi.</p>

<p>&nbsp;</p>

<p>Vaya por delante que este puñado de párrafos no pretenden ser
una crítica al uso de la novela. Para eso me bastaría una sola
línea: "Contra el viento del norte" es una magnífica novela, ya
están tardando en leerla. No, esta entrada pretende explicar el
porqué de ese entusiasmo que rara vez te provoca un libro, y cuyas
razones a veces no tienen que ver tanto con la calidad intrínseca
de la novela como con lo que su temática nos despierta por dentro.
La novela de <a
href="/autores/d/daniel-glattauer/">Glattauer</a>&nbsp;narra algo
muy habitual en los tiempos que corren, donde la tecnología permite
que el amor eclosione de un modo muy distinto a como lo hacía en la
época de nuestros padres: la relación que se establece entre dos
personas que se enamoran por email. Hoy en día es difícil encontrar
a alguien a quien no le haya pasado algo parecido, o que no conozca
a algún amigo o compañero involucrado en un idilio electrónico. En
la novela, Leo y Emi se tropiezan en el vasto océano del
ciberespacio de forma casual, lo cual siempre nos resulta más
fascinante porque tras lo fortuito tendemos a intuir la mano de
nieve del destino, pero si hubiese sido un acto deliberado, si
ambos se hubiesen encontrado en un chat, por ejemplo, el desarrollo
de la historia no habría cambiado mucho. Lo importante es que,
durante un largo tiempo, ambos se comunican sin saber cómo es el
aspecto físico del otro -al principio, ni siquiera conocen la edad
o las circunstancias de su vida-, y se enamoran usando lo único que
tienen a su alcance: las palabras. Y ahí es a donde quería llegar.
Ahí. Leo y Emmi no se conocen, nunca se han visto, pero desde los
primeros email comprenden que han encontrado al amor de su vida, y
lo saben por cómo escribe, por cómo el otro baraja las palabras
hacinadas en el diccionario para apresar lo que siente en cada <img src="/media/5068475/felix-amor-internet.jpg" width="305" height="224" alt="Felix -amor -internet" style="float: left;"/>momento, hasta su matiz más recóndito. Comienza
entonces un juego de seducción donde no cabe nada físico ni
palpable, solo la ironía, la inteligencia, el humor, la astucia, el
ingenio, la capacidad de reflexión, de conmover al otro, todo eso
que solo puede transmitirse con la palabra, porque como Leo afirma
en un momento de exaltación, "escribir es besar con la mente". Y
una vez los personajes entablan su peculiar relación, esta empieza
a atravesar las fases obligadas, que todo el que haya protagonizado
un romance por internet sin duda reconocerá, como la mitificación
del otro, de esa persona que no forma parte de nuestra vida y sin
embargo, de repente, está ahí, envolviendo nuestra rutina como un
aroma, convertida en un excitante misterio que nada puede mancillar
porque no se roza contra lo cotidiano, alguien a quien sin quererlo
empezamos a retrasmitir nuestra existencia, escondiendo bajo la
alfombra los episodios más miserables y ofreciéndole los mejores
como un tributo, alguien ante quien podemos dibujar nuestra vida
como realmente nos gustaría que fuera, añadiéndole más emoción,
limando sus imperfecciones, sublimándola.</p>

<p>&nbsp;</p>

<p>Cuando uno acaba "Contra el viento del norte", después de haber
sido privilegiado testigo del encantador y adictivo diálogo entre
Leo y Emi, no puede evitar sentirse repentinamente solo. Y mucho
menos puede evitar preguntarse, ante la sensación de veracidad que
lo ha embargado mientras leía sus páginas, si realmente el tal <a
href="/autores/d/daniel-glattauer/">Glattauer</a>&nbsp;ha vivido
algo semejante, o sencillamente es uno de esos escritores capaces
de hacer magia, o lo que es lo mismo, de hacer literatura.</p>

<p>&nbsp;</p>

<p>La novela tiene una segunda parte de hermoso título, "Cada siete
olas". Al principio, pensé en no leerla para no estropear el buen
sabor de boca que me había dejado la primera, acogiéndome de modo
casi reflejo al popular dicho de que las segundas partes nunca
fueron buenas. Sin embargo, voy a leerla, no solo porque como autor
de una trilogía no me gustaría que mis lectores pensaran así, sino
porque la opción de no leerla se ha desvanecido de todos los mundos
paralelos en los que habito, reproducido hasta el infinito.
Necesito saber qué va a ser de Leo y Emi. Lo necesito. Sus
malabares con las palabras, su modo de enamorarse, me han
contagiado.</p>

<p>&nbsp;</p>

<p><a href="/autores/autores-destacados/felix-j-palma/">Félix J.
Palma</a></p>

<p>&nbsp;</p>

<p><span style="font-size: xx-small;">&nbsp;</span></p>

<p><span style="font-size: xx-small;">anikaentrelibros no se hace
responsable del uso de imágenes de los blogueros a partir del
momento en que informa que sólo deben utilizarse aquellas libres de
copyright, con permiso o propias del autor&nbsp;</span></p>
]]></description></item></channel></rss>
